El eterno regreso de Adriana Herrera o la historia de su Mapa Reverso

Foto tomada de viajaelmundo.com

¿Por qué viajan quienes viajan? ¿Qué les sucede en sus recorridos? ¿Qué hay detrás de la foto que publican en Instagram? ¿Todo es muy divertido? ¿Sienten miedo? ¿Están felices siempre? ¿Extrañan la casa? ¿Por qué regresan? ¿Qué es todo eso que arbitrariamente dejan por fuera de sus crónicas? Desde su experiencia personal, la periodista de viajes Adriana Herrera —una nómada que va por el mundo sola, tomando fotos y llenando libretas— ha respondido a esas preguntas. Lo hizo a largo del relato tan íntimo que es su primer libro, Mapa Reverso [Retazos de viaje]

Por Erick Lezama Aranguren

Primero escapó de la vida tan común que llevaba. Adriana Herrera —periodista, nacida en Caracas en 1981— se levantaba muy temprano, iba a la oficina en la cual trabajaba como editora y ocho —o más— horas después regresaba, cansada, a casa; tomaba una ducha, leía las páginas de algún libro y dormía tarde. Rutina. A cada tanto, le tocaba viajar por trabajo. En las dos o tres semanas de vacaciones que tenía al año, viajaba por placer. Pero salvo esos momentos, todo era rutina. Y las rutinas atrapan. Son asfixiantes. Sobre todo para algunos seres que se sienten libres. Un día de 2010 —era domingo por la tarde— Adriana tomó un taxi. A fuera llovía a cántaros y Caracas estaba atascada en un tráfico demencial. Quizá la idea le daba vueltas en la cabeza desde hace mucho, pero fue en ese instante, sintiéndose prisionera, cuando decidió que ya no más. Basta, se dijo. Voy a viajar, se prometió. A viajar y a escribir: a vivir de eso.

Llena de dudas (y de coraje), le hizo caso a su intuición. Renunció al trabajo. Después de cumplir un preaviso largo, de tres meses, buscó compañía para sus recorridos; pero no encontró a nadie dispuesto a tamaña osadía. “Cada quien va caminando por la ciudad, atado a su ritmo y a sus propias querencias”, entendería después. Entonces se atrevió a hacerlo sola, a su tempo: caminando despacio, siempre con una cámara y varias libretas en la maleta.  El plan más temprano que tarde comenzó a funcionar. Viajaba y escribía. Abrió un blog (viajaelmundo.com) y publicaba crónicas en National Geographic Traveler Latinomaérica, en Estampas (revista dominical del diario El Universal de Venezuela) y en medios de España, Colombia y Costa Rica.

Foto tomada de viajaelmundo.com

Pero Adriana anotaba en esos cuadernos más que datos periodísticos. Miedos, tristezas, euforias, sabores, olores, preguntas, dudas, algunas certezas, contradicciones, el silencio transformado en palabras, descripciones, relatos íntimos, disertaciones, anécdotas, curiosidades. Escribía en aviones, en trenes, en barcos, en un hotel, en un hostal y al llegar a casa. Y garabateaba ilustraciones de lo que tenía ante la vista: una ciudad, una calle, un bosque, el mar. Todo cabía en esas hojas. Eran los trazos de un mapa que delineaba una historia en la que ella era la protagonista. Tantos viajes eran uno solo: uno que iba hacia su mundo interior.

Pero ella no se percataba. Y lanzaba esas libretas en su escritorio, o en alguna gaveta, o en un rincón: las olvidaba, jamás las abría.

Debía pasar el tiempo.

El tiempo que produce distancia.

La distancia que permite ver mejor.

*

En 2014, Adriana hizo un recorrido de tres meses por Europa. Meses después de volver, un día cualquiera de ese año, ocurrió una catástrofe: el disco duro de su computadora estalló y esa explosión borró el registro de sus últimos tres años de viajes.

Entonces, en un arrebato de nostalgia y melancolía, corrió a desempolvar aquellas libretas, como quien busca una lámpara cuando se descubre rodeado de oscuridad. Necesitaba una guía para armar un archivo mental de todo lo que había perdido, y pensó que aquellas líneas podían ayudarla. La experiencia de releerse fue reveladora. Por fin vio, nítidamente, un arco dramático, un hilo narrativo, a ella misma como personaje.  Era lo que faltaba para que se le ocurriera la idea de que eso debía convertirse en un libro: en su primer libro.

Y lo hizo.

Se autopublicó poco más de dos años después. Un día antes de mandar a diseño el material, en enero de 2017, redactó en Caracas el último texto del trabajo, en el cual evoca el episodio: “Esas libretas que había relegado a la parte más oscura de mi suerte de oficina, ahora tenían una voz que insistía en contarme cosas. Y es ahí cuando me detengo a pensar que a todos nos pasa: identificarnos con las emociones, me refiero. Volver sobre nuestros pasos para descubrir detalles que no sabíamos y así, seguir trazando rutas que nos conduzcan, al fin, hacia eso que anhelamos. Viajar, para mí, es un acto de (re)conocimiento cada vez”.

En la introducción también dio pistas de ese aprendizaje: “Los viajeros vamos narrando el viaje como quien subsiste. Anotamos detalles que creemos que podemos olvidar después. Cerramos los ojos para rememorar atardeceres, olores, una canción, la textura de algunas paredes, un sabor en particular y entonces escribimos porque intentamos hacer nuestra esa realidad que nos arropa y es ahí cando el viaje se cuela en la existencia de quien intenta contarlo, anulando todo aquello que dábamos por cierto, para dejarnos en un limbo en el que no estamos seguros de si vale más lo fijado en el papel o la simple sensación de recordar lo vivido (…) El viaje no es solo lo que se ve, sino también lo que sucede mientras se observa. Se viaja por dentro y por fuera como un acto de rebeldía, al que muchas veces nos resistimos. Escribimos para seguir viajando en la relectura (…)”.

*

La bitácora es tan larga como desordenada. Cronologías que se rompen, líneas que se cruzan, una y otra vez. Idas y vueltas. (Re)encuentros. Siempre regresos.

Medellín, Los Roques, un tren que va de Basel a Zurich, un vuelo de Madrid a Caracas. Caracas —de nuevo—. Madrid, un vuelo de Malta a Madrid, Edimburgo, un tren que va desde Ásterdam a Colonia (en Alemania), un vuelo de Madrid a Nueva York. Canaima. Chicago (o quizá, New Orleans), Dublin y Wicklow, Zurich. Caracas —otra vez—. Río de Janeiro. Caracas —una vez más—.  Una noche y un amanecer a orillas del Río Caura, Malta, Trieweiler, Los Roques, Dublin, New Orleans, Memphis, New Orleans. Caracas —como siempre—.  Paraguaipoa. Grecia, como una barajita faltante.

Y Caracas, la de los regresos.

Adriana vive Caracas.

Si se asoma en su ventana, ve el Ávila, las guacamayas volando, el atardecer. Escucha los gritos de los niños jugando en un parque de diversiones y el escándalo de esta urbe frenética. “Yo sé, vivo en una de las ciudades más violentas del mundo, pero es donde me gusta vivir. Insisto en conseguir su belleza, cada día. Y sé que no estoy sola. Caracas es Caracas, mi ciudad”, escribió recientemente en su cuenta de Instagram, @viajaelmundo. No hace tanto volvió de un recorrido por la India. Llegó cargada con tanto incienso y especias como historias por contar. Como ya es costumbre en ella, pospuso por días o semanas el ritual melacólico de desempacar; tanto que la ropa le quedó oliendo a Cardamomo. “Y entonces yo era India mientras caminaba en Caracas, con sus aromas pegados al cuerpo (…) Los viajes siguen sucediendo aunque ya estemos muy quietos”, reflexionó en otro post.

Foto Adriana Herrera

Desde Caracas, Adriana ha estado enviando su Mapa Reverso [Retazos de viajes], autografiado, a muchas partes del mundo. Acaba de mandar varios a Canadá, Holanda, Italia, Colombia y Estados Unidos, como parte de una campaña humanitaria que denominó #ViajeSolidario: quien comprara el libro estaría contribuyendo con un comedor de Alimenta la Solidaridad —iniciativa que empodera a comunidades desfavorecidas— en el que se comen 60 niños. Eso la mantuvo ocupada. Pero ya la campaña finalizó y está por empezar a otro viaje corto: a Morrocoy, un paraíso playero en el occidente venezolano.

Antes irse —para volver— recuerda que todo comenzó estando peleada consigo misma.

¿Por qué no habías vuelto a releer tus libretas? ¿Acaso querías olvidar lo vivido?

Yo cuando me fui a Europa en 2014, lo hice porque quería escribir. No sé qué. Pero había pensado que, para poder escribir bien, tenía que irme lejos. Me llevé seis libretas y ni siquiera llené la tercera.  Pasé todo el viaje peleando conmigo misma por lo que estaba apuntando. No me sentía conforme; sentía que lo que estaba ahí no era bueno. Tenía ese conflicto conmigo misma y quizá por eso no releía. No me daba curiosidad. Entonces sucedió lo de mi computadora y al volver a esas líneas me di cuenta que había una historia contada de otra manera, que había un personaje — que era yo— peleando consigo misma. Le vi la parte interesante y salió lo que salió.

Lo que salió fue una autopublicación, ese método de publicación que todavía no es común en Venezuela. ¿Se te hizo difícil? ¿Pensaste en desistir y volver a abandonar esos retazos de tus viajes?

Desde el principio, Willy Mckey, que fue mi editor, y yo, queríamos que fuera una autopublicación. Estábamos conscientes de que era un libro distinto, y que posiblemente a las editoriales no les haría guiño de buenas a primeras. Sabíamos que iban a decir que me estaba autopublicando porque me habían rechazado en otro sitio. Y no, hacerlo así fue una decisión. A mitad de camino, sí, hubo un pequeño viraje: Willy lo presentó en una editorial. El “no” que nos dieron nos empujó más hacia la autopublicación, con la certeza de que estábamos haciendo las cosas bien. Fue difícil porque al hacerlo de ese modo, todos los gastos corrieron por mi cuenta. Los presupuestos, en medio de esta hiperinflación, no se mantenían por más de tres días. Diseño, corrección, y, el gasto mayor, el de imprenta. Fueron momentos muy complicados. Pero vacié mis ahorros y aposté. No hubo nada que me hiciera desistir. Mientras más difícil todo, más me empeñaba en que había que hacerlo. Era una luz en mi propio camino. Esperé terminar un trabajo grande que estaba haciendo, y apenas me lo pagaron, todo el trabajo se resumió en una semana: pude imprimir.

A fin de cuentas, ¿por qué crees que esos relatos íntimos que conforman este viaje tan personal puede interesarles a otros?, ¿cuál era tu propósito al convertirlos en un libro?

Creo que era un libro que tenía que escribir, que respondía a mis emociones. Pienso que a través de mis emociones y de la manera en la que vivo el viaje, la gente se puede identificar con lo que sea que ellos hagan. ¿Por qué convertirlo en libro? Porque esas cosas que conté ahí son las que nosotros los viajeros decidimos de buenas a primeras no contar. Es como el Instagram: todo el mundo muestra la foto del paisaje, de la palmera y el mar, pero no de lo que le costó llegar hasta allá. Era darle un toque de certeza a la manera en la que yo entiendo el viaje. Decir: “Todas estas cosas pasan, y pasan más seguido de lo que alguien se pueda imaginar”. Dejarlo por escrito es una forma de sentar un precedente, de preguntar por qué no contarlo, por qué no ir en consonancia con lo que sentimos, con lo que vivimos. Porque detrás de cada viaje se oculta un viaje interno. No estoy descubriendo el agua tibia. Solo decidí que tenía que contarlo y me hacía bien.

Queda claro que tu relación con la palabra escrita va más allá del ejercicio periodístico. Da la impresión de que la escritura es una pulsión natural en ti. Por ese conflicto existencial que vivías, ¿te identificas con el dicho que dice “odio escribir, pero amo haber escrito”?

Había olvidado ese dicho, pero creo que es muy cierto. Odié todo lo que escribí, pero qué bueno que lo escribí. Digo siempre que mi blog es como mi laboratorio: mi lugar para experimentar. Seguramente allí hay aciertos y desaciertos: algunos textos buenos, otros malos. Pero me inquieta la escritura, me inquietan las historias. Así que como yo viajo, me gusta explorar también a través de la palabra. Estoy en ese camino de intentar hacerlo bien, o medianamente bien. Quiero acercarme a ese ideal de hacer las cosas lo mejor posible. Es lo que intento, cada día.  Es un constante aprendizaje.

Tenías muy claro el concepto editorial de este trabajo. Pero era muy fácil perder el foco y torcer la idea hacia un producto más comercial: que se pareciera más a un libro convencional de viajes. ¿Por qué te empeñaste en hacerlo así?

No, la verdad es que no era fácil perder el foco. Por lo que dices: tenía sumamente claro el concepto del libro. Yo consumo mucha literatura de viajes, en inglés, en español, de distintas nacionalidades, y todos siguen como una misma línea. No es que no te vas a encontrar un libro como el que yo he hecho. No quería que fuera un libro común, así que no había manera de hacer un libro común. Entonces me arriesgué diciendo: yo me estoy autopublicando, esta es mi propuesta y creo firmemente en esto. Pensé: si la gente no lo entiende, bueno, quizá con el tiempo lo van a entender.

Admites desde la primera página que en el libro hay cierto desorden. ¿Por qué? ¿Qué querías decir con esa estructura?

Sí, yo planteaba una bitácora desordenada. Si te das cuenta, el libro está dividido en tres capítulos: el camino (retazos cuando me movía de un lado a otro), el viaje (que son las crónicas) y luego el delirio (cosas que se me ocurrieron en cualquier parte). Si bien comencé en el 2010, vas leyendo cronológicamente, pero en cada capítulo se rompe la línea. Y te digo, yo quería que fuera un poco más desordenado; respondía a una idea que yo tenía en la cabeza y que solo yo podía entender. Pero ahí entró la labor del editor: Willy me hizo ver que tampoco podía forzar al lector a entender tamaño desorden. Me gusta como quedó. Porque es una manera de que cada quien construya el libro a su manera. No quería aburrir, porque yo a veces me aburro leyendo, aunque me guste mucho como escriba el autor.

 Has hecho muchos otros viajes. Seguramente tenías muchas otras anotaciones en tus libretas. ¿Cómo seleccionaste lo que está allí? ¿Qué querías contar haciendo énfasis en esos puntos específicos de un viaje que es más grande?

Yo siempre escribo; tengo muchas libretas llenas, escribo un montón. Nosotros establecimos un período, que eran 5 años de viajes: finales de 2010, finales de 2016. Era necesario ese límite de tiempo. Así que lo que estaba por fuera de ese lapso, lo excluíamos.  La primera labor que hice fue releer como 11 libretas. Por sugerencia del editor, fui clasificándolos: todos los textos que fueron escritos en Caracas, los que hice en avión, en barco, en otro país, en tren. Dentro de esa separación, iba armando la línea emocional que quería que se sintiera, ese conflicto emocional conmigo misma; entre irme y quedarme; entre escribir o no escribir; las situaciones más inusuales que me pasaban. Los miedos, las tristezas, la soledad, el reencuentro. E iba decantando. Clasificamos esos tres capítulos al final de todo: queríamos un orden dentro de nuestro desorden.

En el libro dices que viajando te has encontrado con una cara amable del mundo: que la gente es no es tan mala. ¿Te tomó mucho tiempo —y muchos kilómetros y muchas millas— llegar a esa conclusión?

Es que en eso he creído siempre. Cuando decido viajar sola y me consigo a gente amable dispuesta a darme la mano, confirmé eso. En cierto momento, en 2012 o 2013, me aburrió un poco que vieran en mi forma de viajar un acto de heroísmo. ¿Por qué me creían valiente? Yo solo estaba haciendo lo que me gusta: es mi profesión y mi pasión. Me molestaba esa reverencia. Después entendí que todo el mundo lo veía como yo. Me puede pasar algo, sí; pero no salgo pensando en eso. La única manera que te des cuenta que el mundo no es tan malo, es saliendo y disfrutándolo al máximo.

Foto tomada de viajaelmundo.com

Te han preguntado mucho si te sientes atrapada aquí en tu país y que por qué insistes en volver cuando tanta gente se está yendo.  ¿Cuál es tu respuesta?

Que no me siento atrapada. Que me puedo ir cuando quiera. Que me quedo por muchas razones: porque aquí están mis afectos, mi familia; porque creo que tengo las herramientas y las ganas de reconstruir y aportar algo y espero que siga haciendo así. Ojalá no tenga que tragarme las palabras y que mi propio país no me termine echando. Yo me resisto a esas veces en las que siento que el país me está empujando. Es confuso cuando me preguntan por qué vuelvo. Es muy antipática esa pregunta. Trato en lo posible de buscar bellezas dentro del caos. Confío en que esta tormenta va a pasar; pero mientras, uno tiene que aferrarse con fuerza a lo que tiene más a mano, y lo que uno tiene más a mano son los afectos. Eso es lo que te da fuerza para seguir.

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