Desde el centro de la tierra

Por Aida Osobampo / @aida.osobampo

La fortaleza de un corazón no es su voluntad. Créeme, te lo digo yo. Prometer amor eterno a veces está de más. Fue así, que meditando te comencé a olvidar. Tus historias dejaron de llenar mis noches y nuestras memorias todas las perdí. No creo que haya sido tuya la culpa, pero no puedes negar que yo no te fui suficiente. De mentiras no se sacia un corazón y de migajas no se satisface al amor. No hay reclamos de mi parte pues es mi mala costumbre entregar todo cuando no he recibido. Ahora así te digo; me enseñaste mucho, mucho de lo que no quería aprender.

 

 

Me enseñaste a dar en la medida que recibo, le enseñaste a mi noble alma a ser tacaña y mezquina. Aprendí de ti a tomar venganza, a entregar bondad en retribución del bien pero a doblar escala al pagar el mal. Me envenenaste y eso hoy te lo quiero agradecer. Porque de ti y de tu alma muerta tomé las fuerzas para remunerar tus servicios prestados. Si ayer me fui, me fui con el alma rota y corazón partido. Te lloré un río y llené un mar. Te extrañé por las noches y me hizo mal.

Me desgasté imaginando si estarías bien. Sufrí tu ausencia, profunda, como el mismo centro de la tierra. Ardiendo en temores, temblando de miedo. Sola, atravesé el valle siempre mirando hacia atrás. Caminé lento… te esperaba, pero nunca quisiste volver. Bendita soledad; compañera eterna. Bendita oscuridad te volviste mi cielo. De anhelo en anhelo exhalé mi aliento de vida. Te suponía mío. Pero eso fue ayer.

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