Lejos como los atardeceres en Juan Griego - Seis Grados - Madres de la diáspora

Lejos como los atardeceres en Juan Griego

27 Mayo, 2018

Jonaisbert y Joubert se fueron el año pasado a Heredia, Costa Rica. Su madre todavía se repone a la decisión. Fue muy fuerte porque me encontré sola”, dice la mujer de 60 años de edad. Mientras, espera que la situación en el país cambie para tener a los muchachos de vuelta

Por Humberto Sánchez Amaya

En Pedro Camejo se ven los atardeceres como en Juan Griego. Eso dice Francis Valbuena, quien desde que nació vive entre esas veredas y que en una época cada vez más añorada, visitaba asiduamente la isla de Margarita, su lugar favorito de Venezuela.

Los recuerdos son los que quedan, añoranzas por lo que antes estuvo ahí, inmediatamente, a pocos kilómetros y minutos, como sus hijos. Es miércoles y uno de ellos cumple años. Jonaisbert llega a sus 32 y dos lágrimas se escapan el rostro de la mujer. Como los atardeceres en Juan Griego, sus hijos están lejos. Pero ellos aún más, en Costa Rica.

Francis lo felicitó temprano por Whatsapp. La noche anterior quiso esperar hasta las 12, pero el cansancio es imbatible. Casi a las tres de la mañana, cuando despertó repentinamente, le envió el mensaje de felicitación que tenía preparado.

Prefiere no hablar por teléfono. Es una regla que mantiene en fechas especiales desde que los muchachos están allá. Opta por la palabra escrita, así esconde una voz que puede quebrarse en la línea.

Francis es una señora que a simple vista intimida. Cuando camina por la calle, parece que la risa le es ajena. Mirada fija, al igual que su paso, sin titubeo. Pero una vez ganada la confianza, sobresalen la cordialidad, la amabilidad y el sentido del humor.

 

Foto Jonathan Lanza

Hace calor en su apartamento. La distancia entre el piso y el techo no es mucha, y su casa está en el último piso. El bloque tiene cuatro. Es la vecina que vive más cerca del sol y eso se siente. Ella saca su abanico que mueve sin cansancio. Si bien es suficiente para ella, sabe que la visita se acalora. Deja la puerta abierta y ofrece limonada, bien fría, como se espera.

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El primero en irse de Venezuela fue Jonaisbert, hace 11 meses, y le siguió Joubert, dos meses después. Los hermanos se sumaron a los millones de  personas que dijeron basta a tantos embates de la dictadura socialista y decidieron arriesgarse en desconocidos territorios.

Jonaisbert se fue con su esposa, entonces embarazada, y su hijo Thiago Alejandro, tenía un año de edad en el momento de hacer las maletas. Allá, en Costa Rica, nació el otro, a los siete meses. “Sí, es tico”, dice la sonriente abuela.

Los dos hermanos tenían empleo antes de emigrar. A Jonaisbert solo le falta la tesis para graduarse de TSU en Informática y Joubert, de 36 años, recibió el título de Ingeniero en Informática en la Universidad Alejandro de Humboldt.

El acabose para Jonaisbert fue un robo. Iba en su carro y unos niños armados lo asaltaron. Suficiente para tomar la decisión.

“Se unieron todos los factores, está la situación económica y todo eso, pero a ellos también les inquietaba cómo iban a criar a sus hijos acá. Veían que en el país se están formando muchas personas sin valores. Eso fue lo que más pesó”, afirma Francis.

Ya los dos hijos habían dejado el hogar materno y formaron sus respectivas familias. Joubert se fue Costa Rica con la madre de su hija, quien ya tiene seis años. Sin embargo, la casa materna es difícil de dejar atrás. Siempre visitaban.

 

Foto Jonathan Lanza

“Y bueno, también se convirtió en un centro de acopio”, cuenta Francis entre risas para referirse a la previsión que la caracteriza. En tiempos de escasez, siempre ha estado pendiente de hallar los lugares en los que comprar o intercambiar los alimentos y demás productos necesarios del hogar. Cuando supo, por ejemplo, que tendría otro nieto, Thiago, hizo todas las colas que pudo para comprar pañales para el pequeño que estaba por venir.

“Cuando Jonaisbert me dijo que se quería ir nunca pensé que esa idea se concretaría. Pero se fue haciendo verdad. Y poco después se fue el otro. Fue muy fuerte porque me encontré sola”.

No es la primera vez que siente ese dolor. Hace 12 años sufrió también la partida de uno de sus hijos, pero una definitiva, irreversible. “Eran tres, pero a uno me lo mataron. Tenía 17 años de edad. Fue acá cerca, allá arriba. Supuestamente él estaba defendiendo a un amigo, pero mira, la verdad es que yo no averigüé. Quise dejarlo así”, detalla sobre la muerte de Joseimbert Adrián Clavijo Valbuena, el menor.

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En Heredia. Los dos hijos de Francis viven en la ciudad de Heredia. Desconoce las razones por las que eligieron esa ciudad. Cree que es por un amigo de ellos, pero sí da las razones por las que el país centroamericano fue su destino. “Fue mi madre, que murió hace dos años. Hace tiempo me dijo que vendiéramos los apartamentos, el de ella y el mío, y pidiéramos asilo político en Costa Rica. Le dije que sí. Fue en el año 2000. Pero ella era muy católica. Lo pensó bien y me dijo que había leído en la Biblia que la persona que abandona su país en estas circunstancias será esclava en otra parte. Lo dejamos así. Pero cuando mi hijo me contó, pensé inmediatamente en ella”.

Jonaisbert se fue en avión, pero a su hermano no le dieron los números para esa comodidad. Entonces, viajó hasta Panamá y ahí tomó un bus. “Es un viaje de 16 horas. Igual es duro, aunque son países próximos”, cuenta.

Francis, de 60 años de edad, los visitó en noviembre. Allá estuvo hasta febrero de este año. Los vio muy delgados, aunque ellos digan que están bien. El reencuentro fue muy lindo, asegura ella. El tiempo para una madre se multiplica por miles cuando está lejos de sus hijos. Un día puede ser una semana, y una semana pueden ser tres meses.

Allá los encontró viviendo cada uno en un piso distinto en una casa de varias plantas y con empleo. Jonaisbert es técnico en una empresa llamada Telecable y Joubert está en otra compañía cuyo nombre no recuerda la señora Francis.

 

Foto Jonathan Lanza

Pero a ella no le gustó el país. “No hay como Venezuela. No sentí discriminación, sí son muy amables, pero todo es tan pequeño. Es como Higuerote con wifi. Es bastante limpio”.

Ellos quieren que se vaya, le dicen que allá tendrá la vida que le gusta, con sus comodidades. Francis es como dicen “pata caliente”, pero ya no puede darse esos gustos. Visitó casi todas las islas del Caribe. Estuvo en Puerto Rico, Trinidad y Tobago, Aruba, Curazao, Granada, Jamaica. También conozco Colombia y Brasil. Viajé en cruceros, toda una nota, como ella dice. El último fue hace 10 años, con su mamá. Iban hasta Margarita y ahí tomaban el barco”. Ahora, si bien la promesa de mejores ingresos y una mayor calidad de vida son tentadoras, ella, por los momentos, desiste. La visita a Costa Rica, la desanimó. Recordó sus veredas, sus vecinos, sus clientes, amigos y familiares; a cada persona con la que ha entablado tanto. “Mucha gente dice estar contentísima en el lugar al que emigraron, pero cuando digo que no hay como los venezolanos, ahí mismo contestan que es cierto. Entonces les preguntó qué pasó, pues poco antes me habían dicho que estaban en un lugar maravilloso. Por lo menos yo soy franca”, dice mientras se ríe.

 

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Esto caerá. Francis trabajó varios años en el Círculo de Lectores y su zona de ventas era San Bernardino. Ahí, en el Centro Médico, tuvo clientes que ahora considera amigos. Algunos se mantienen y ya no le encargan libros, sino dulces, especialmente tortas. “Yo estoy activa. A mí me gusta mi calle, mis lugares. La gente me llama para hacerme encargos de tortas. Me piden marquesas, por ejemplo. Claro, al Centro Médico voy como dos veces al mes.Sé cómo están las cosas y hay que estar pendiente es de la comida”.

Cuando regresó de Costa Rica, hasta su ex esposo le preguntó si estaba loca. El papá de los muchachos, José Francisco, vive en Estados Unidos con su esposa e hija.

En el actual apartamento, Francis vive desde que se casó, hace 38 años. Pero el matrimonio duró 13 años. Antes vivía con la mamá, en un apartamento ubicado en una de las veredas cercanas. “Uno tiene sus etapas de felicidad. Fui felizmente casada y soy felizmente divorciada”, rememora a la vez que detalla que era una época en la que los apartamentos no tenían rejas y no cortaban el suministro de agua.

La relación con el ex esposo es cordial. Tampoco de visitas y tanta proximidad. “La mujer me tiene celos”, bromea. Lo que sí es cierto es que los vínculos entre todos ellos no se han roto y que la diáspora rodea a Francis. Incluso, uno de los dos hermanos de Francis evalúa dejar Venezuela. Su  hermana se queda, pero el varón también piensa en Costa Rica. Lleva la cuenta de los que se han ido en el edificio. Los colombianos de planta baja se fueron todos, de eso se dio cuenta cuando regresó de visitar a sus hijos.

Ya ellos, sus vecinos, no estaban en el apartamento. En el lado del bloque donde ella vive, han emigrado casi todos los  muchachos. Ocho en total, incluyendo los de ella.

A pesar de las partidas y los planes para dejar Venezuela de tantos en su vida diaria, Francis es optimista y confía en Dios. “Mis hijos piensan volver. Como yo, aseguran que esto va a caer. Ya no se aguanta. No será inmediatamente porque hay que depurar muchas cosas. Pero sí, ellos quieren regresar”.

 

Foto Jonathan Lanza

Recuerda muy bien la primera vez que vio a Hugo Chávez. Fue en la televisión, cuando el país conoció el rostro del teniente coronel poco tiempo después de ser derrotado en su intentona golpista. “Parecía un fideo. Esa cara nunca se me olvidó. Hablaba de no haber logrado los objetivos trazados y fue cuando dijo el famoso ‘por ahora’. Pero era la cara de un psicópata, no reflejaba ni felicidad ni derrota, como si no sintiera nada. Nunca voté por él. He sido muy activa, he ido a marchas y mis hijos siempre estaban pendientes de ir a votar”.

Cuando reza, pide por Venezuela y los inmigrantes. El domingo anterior el padre que ofició la misa a la que asistió, en la iglesia Nuestra Señora de a Coromoto, hizo una misa de sanación por todos aquellos que se han ido del país. Todos lloraron, dicen ella. Claro, todos ellos, como ella, hacen llamadas de larga distancia, están pendiente de otros husos horarios, envían y reciben fotos por Whatsapp o se preparan para acompañar al aeropuerto al próximo que se va. El regalo más grande que me ha dado son mis hijos y mi país. Hay que tener fe. Esto va a salir por la voluntad del Señor”.

 

Humberto Sánchez Amaya
Periodista
(@HumbertoSanchez) Periodista egresado de la Universidad Santa María. Fui redactor durante tres años de las páginas culturales del diario Primera Hora. Actualmente escribo en la sección de Cultura de El Nacional y tengo una columna en Papel Literario llamada Líneas Tardías. Soy fundador de la página web Elmiope.com, además me desempeño como productor y conductor del programa El Miope en Radio, que transmite la emisora Humano Derecho Radio Estación. Colaboro para la revista musical Ladosis. Desde 2013 formo parte del equipo del Festival Cine Rock. He sido coautor de los libros Nuevo País de las Letras (Banesco. 2016), Nuevo País de las Artes (Banesco. 2017) y ¿Cómo lo hicimos? Una gestión cultural en 25 buenas prácticas (Cultura Chacao. 2017). Fui parte del jurado del Festival Nuevas Bandas 2017. Fui ganador del premio Juan Liscano que otorga la Alcaldía de Chacao y del premio de periodismo Antonio Arráiz. También fui jurado del Círculo de Críticos Cinematográficos de Caracas en el año 2018.
Jonathan Lanza
Fotógrafo
(@tanthan89)Fotoperiodista con una pasión por el trabajo documental. Uno de mis referente es Pep Bonet. 
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Madres de la diáspora es un proyecto de periodismo narrativo enfocado en historias de mujeres venezolanas con hijos emigrantes a causa de la crisis económica, política y social que vive Venezuela. Una mirada al país suramericano a través de las palabras y los rostros de las madres del éxodo, que esperan el reencuentro con sus seres queridos.