La soledad que apareció en tres días - Seis Grados - Madres de la diáspora

La soledad que apareció en tres días

20 Mayo, 2018

La sonrisa de Lucy Palacios, que la hace sublime, la ha ayudado a ver el lado positivo a las experiencias más duras. Siempre se levanta, alza su rostro y agradece a la vida por las oportunidades que les ha brindado a sus dos hijos. Tiene más de siete meses sin abrazarlos pero se reconforta en las fotografías que recibe a diario

Por Sammy Martínez

Trasladarse desde la estación de Metro Caricuao hasta Altamira no implica más de una hora y media en condiciones normales. A las 7:00 am, todos luchan por entrar al vagón y tienen la esperanza de que el servicio no se retrasará, pero el operador, a poco de avanzar, anuncia que en breves minutos “el vagón iniciará movimiento”, lo que en realidad quiere decir que la mayoría llegará tarde a su lugar de destino.

Después de 45 minutos, el vagón llega a Zona Rental. La mejor opción es salir en la estación Plaza Venezuela y tomar un autobús hasta Altamira porque Lucy se prepara. La tensión aumenta, así como la cantidad de personas que se montan en el transporte público. Eso no importa. Lo primordial es llegar a Altamira, lo cual parece eterno.

Entre el semáforo que no funciona y las cornetas de los carros, hay que aproximarse rapidamente hasta la urbanización La Floresta.

Allí, otra ciudad. Una Caracas sosegada, con vista al Ávila imponente y el murmurar de los niños que caminan por los pasillos. El reloj marca las 9:30 am: hora del recreo en el Colegio Santiago de León de Caracas. Es tarde, pero la sonrisa y el saludo de Lucy dan una sensación de calma.

Con disposición y elegancia, se levanta de su escritorio y exclama: “No ha sido fácil pero estoy agradecida”. Abre las puertas de otra oficina para exagerar la privacidad de la conversación y sortear las miradas de sus compañeras de trabajo que avizoran un momento emotivo.

Foto Jonathan Lanza

Su cabello suelto cubre un poco el rostro, quizá para esconder las lágrimas que brotan cuando habla de sus mayores tesoros: Manuel Alfredo, Sonia Lucía y sus cuatro nietos.

Con una sensibilidad que estremece y una ternura que arropa, Lucy comienza a narrar cómo convierte la migración de sus dos hijos en una experiencia positiva.

Su camino ha estado lleno de obstáculos pero los ha afrontado con serenidad, y sobre todo, con una sonrisa que contagia, que la hace sublime y admirable. La dificultad más fuerte que ha tenido que vencer fue la decisión de sus hijos de salir del país.

Como los más bonitos. Así definen los que conocen a los Palacios Hernández, una familia que se ha desintegrado poco a poco por la distancia.

Manuel Alfredo fue el primero en emigrar. Viajó en 2003 a Estados Unidos para hacer un doctorado en la Universidad de Ohio, luego de estudiar en la Universidad Simón Bolívar. Para Lucy, esta experiencia fue dura; vivió el síndrome del nido vacío pero asimiló que esa oportunidad no la tenía cualquier persona y así consoló su tristeza.

Foto Jonathan Lanza

Para el momento, las condiciones de vida en Venezuela eran contrarias a las actuales: nadie huía del país, y aunque Manuel Alfredo visitó a su madre en varias ocasiones, construyó su camino y prosperó en Nueva York. Es químico, tiene 40 años de edad y desde hace ocho es padre de Sofía.

Desde el inicio Lucy disimula las lágrimas, pero ya le han empezado a brotar : “Me duele que no he compartido un cumpleaños con mi primera nieta. Ni siquiera pude estar cuando nació. Sofía es espectacular. Es una niña muy inteligente a pesar de que tenemos la limitante del idioma. Habla mucho inglés y le cuestan algunas palabras en español”.

La última vez que vio a su hijo y a Sofía fue en agosto de 2017, cuando aún Lucy no sabía que su segunda hija también abandonaría el país. “Había planes, pero nada concreto”, asegura.

Un jueves de octubre del año pasado, Sonia Lucía le anunció a su madre que migraría con sus tres hijos ese sábado siguiente, justo tres días después. Su corazón se encogió en el momento, y al recordarlo después de casi siete meses no puede evitar bajar su mirada.  Esa decisión, que implicaba cambios drásticos, provocó que Lucy se mudara de su casa en La Guaira a Bello Monte, en Caracas, a casa de una de sus hermanas.

¿Ganó la tristeza?

No lo niego, me entró un profundo pesar. Pero entre la tristeza y la alegría de que se fueran, ganó la segunda, porque lo que viven mis nietos en el país no es justo.

La inseguridad fue uno de los factores determinantes para que Sonia Lucía saliera del país, a pesar que nunca fue víctima de ella. Su hijo mayor no podía salir con sus amigos por temor.

Sonia también tenía una materia pendiente: reencontrarse con su pareja, que viajó meses antes para ofrecerles estabilidad económica. En Venezuela, ella se dedicaba al flamenco, y logró establecer una academia, que poco a poco le fue generando preocupación por la baja en la matrícula y los precios insostenibles; hasta que decidió entregar el local. En Miami, donde se encuentra ahora, está dedicada a sus hijos.

¡Cuán dura es la soledad! Con Manuel Alfredo, Lucy había experimentado el síndrome del nido vacío pero con la segunda migración, apareció formalmente la soledad, con la cual no contaba.

Su hija, que ya tiene 36 años, siempre vivió con ella. Y el verse sola, le resulta duro, sobre todo cuando voltea su mirada y se da cuenta que pasó su primera Navidad sin la compañía de su entorno más cercano o cuando piensa en que el 1° de julio no estará para el segundo cumpleaños de su nieta más pequeña: Lucía Isabel. Aún así, Lucy insiste en que Dios le ha regalado momentos maravillosos y en ellos se refugia.

Los Palacios Hernández han estado unidos en momentos gloriosos y otros en los que la vida ha girado 180 grados. El deslave de Vargas, en 1999, fue uno de ellos. Vivían en Tanaguarenas cuando el agua arrasó con todo. Quedaron apenas con las prendas que vestían para el momento. Lucy, por ejemplo, solo pudo recuperar su ropa interior.  Unos días después, sin papeles que sustentaran su currículum, comenzó a trabajar en el colegio Santiago de León de Caracas, donde le dieron la oportunidad como auxiliar, luego como especialista de matemática, hasta llegar al cargo que ejerce hasta ahora: evaluadora de primaria.

En 2013, atravesaron otro episodio que los cohesionó todavía más como familia: la muerte del esposo de Lucy, a causa de un cáncer de pulmón. “Si hubiese estado vivo, las cosas serían distintas. Nos acompañaríamos”, dice sonriendo.

Lucy es agradecida, y tiene como lema “La vida es bella”, pero se viene abajo y llora cada vez que menciona la palabra soledad porque imagina a sus tesoros.

Recientemente, en Semana Santa, bajó a su apartamento, que está en Los Corales, estado Vargas, y estuvo cinco días “que pasaron volando”. Es la quinta vez que visita su hogar desde que su hija salió del país. “No me provoca estar ahí. No es lo mismo estar sola por un rato que saber que no hay nadie más”, enfatiza.

Cuando se siente deprimida o cabizbaja, revisa las fotos de sus nietos. Diariamente Sonia le envía algunas fotografías de Lucía, que es la más consentida, y la que más le da pesar a Lucy porque cree que se está perdiendo momentos muy difíciles de recuperar. También está Oscar Enrique y Alfredo Enrique, de 11 y 20 años de edad respectivamente, que según cuenta Lucy vivieron encerrados en una burbuja para evitar peligros.

¿Qué es un nieto? ¿Es lo más valioso?

Mis nietos son una prolongación de nosotros. Yo a cada uno le veo algo de mí: un gesto, la mirada. Son hermosos. Los tapo para que no los regañen. Son mis consentidos. Si me tocara salir del país, lo haría por ellos. Yo amo a mis hijos pero mis nietos son lo más preciado. Muchas madres están pasando por lo mismo que yo, no sabes lo fuerte que es. Pero estoy muy agradecida con la vida por las oportunidades que le ha brindado a Manuel Alfredo y a Sonia Lucía.

En ese momento, entre la mezcla de lágrimas y sonrisas, Lucy toma su teléfono y enseña varias fotografías de los niños, mientras narra que en uno de los contactos por  videollamadas de Whatsapp, Lucía estaba con el ceño fruncido en señal de molestia porque, presume Lucy, su abuela la había abandonado. “Ella sabe que estamos lejos. Si no estuviera la tecnología, la tristeza fuera más grande. Por allí puedo tenerlos aunque sea visualmente” dice y suspira.

Foto Jonathan Lanza

Orgulloso de ser tu hijo. Apenas ha transcurrido 30 minutos pero la calidez de Lucy hace sentir que tiene horas contando sus vivencias. En su emotividad hace un alto  y recuerda que en pocos días conmemorará el Día de Las Madres sola. “Espero que sea el último”esboza rapidamente.   Su hija tenía como costumbre recitarle todos los años un poema que aprendió en 2° grado, además de hacerle el desayuno y regalarle un día distinto.

“Todos mis días de las madres son bellos. Este será muy triste”, reitera.

Lucy se atreve a rememorar algunos versos:

De una mejor vida

Soy una promesa.

Si estás a mi lado que vida tan buena.

 

Yo tengo la suerte de tenerte cerca

Que sean tus brazos

Refugio y defensa.

 

Te ofrezco estas flores

Con gran regocijo

Porque estoy orgulloso

De ser tu hijo.

¿Regresarían? Manuel Alfredo tiene varios años sin pisar Maiquetía. Antes de que muriera su padre, los visitaba con frecuencia y aprovechaba para hacer algunas fotografías, que es su mayor hobby.

A medida que los índices de seguridad fueron incrementándose, su madre le pidió que no regresara. Ahora es ella, la que se traslada hasta Estados Unidos, sobre todo en agosto, que es época de vacaciones escolares.

Lucy dice con mucha seguridad que el regreso de Manuel Alfredo  no está planteado, mucho menos el de Sonia Lucía, quien quería salir de Venezuela desde hace tres años. Sin embargo, no se cierra a las “vueltas que de la vida”. Es de las que opinan que este país tiene recursos inigualables y personas muy cálidas, pero enfrenta una destrucción de infraestructuras y una pérdida de valores, que tomará muchos años recuperar.

 

Sammy Paola Martínez
Periodista
Periodista de El Nacional. Me dedico a la fuente política-parlamentaria. Estar del lado contrario siempre será mi opción.
Jonathan Lanza
Fotógrafo
(@tanthan89)Fotoperiodista con una pasión por el trabajo documental. Uno de mis referente es Pep Bonet. 
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Madres de la diáspora es un proyecto de periodismo narrativo enfocado en historias de mujeres venezolanas con hijos emigrantes a causa de la crisis económica, política y social que vive Venezuela. Una mirada al país suramericano a través de las palabras y los rostros de las madres del éxodo, que esperan el reencuentro con sus seres queridos.