Hurgando contradicciones maternas que mi ausencia creó - Seis Grados - Madres de la diáspora

Hurgando contradicciones maternas que mi ausencia creó

13 Mayo, 2018
Las condiciones políticas, económicas y sociales de Venezuela, me empujaron a sumarme a la oleada de migrantes en Suramérica. En mi hogar planificamos el viaje, pero nunca analizamos cómo afectaría a mi madre, en lo sentimental y en su rutina, separarse de su único hijo

Por Oswaldo J. Avendaño A.

Desde que salí de casa con mi mundo guardado en dos viejas maletas y un morral guindado en la espalda, rumbo a Buenos Aires, Argentina, nunca hablé con mi mamá sobre lo que significaba para ella esa decisión.

La noche del 16 de noviembre de 2017 se incrustó como una astilla en la memoria de Virginia Avendaño. Ella quería que detallara nuestro hogar antes de que me fuera porque la incertidumbre de cuándo volvería a verlo se hacía cada vez más presente. Por esa razón quiso que me despidiera de Patitas, la gata atigrada de la casa. Mamá finalmente asimiló que nuestro proceso migratorio comenzaba esa noche cuando crucé el umbral de la puerta principal, atravesé el porche, guardé mi equipaje en el auto de la familia y me senté finalmente en la parte de atrás esperando por ellos, mis papás.

Todo 2017 fue un periodo muy difícil para nosotros. Mi abuela materna murió a sus 72 años de edad, a finales del primer cuatrimestre. También vivimos diariamente el declive de la crisis económica de Venezuela. En la casa lo analizábamos con tan solo medir semanalmente el alza del precio del cartón de huevos, que para la fecha de mi partida se comercializaba en 90 mil bolívares. Ese solo producto de 30 unidades de proteínas representaba 44% del ingreso total del hogar. Asimismo, tres semanas antes del viaje, nos acompañó durante 48 horas la sospecha que mi mamá podría tener cáncer grado cuatro en el seno derecho. Sin embargo, todo se trató de un susto, no de la realidad.

Lo que sí fue real para Virginia fue mi decisión de vida, que colocaba entre nosotros una barrera de 7 mil 318 kilómetros. Aunque nunca me lo dijo en persona, sé que mi plan la sacudió en lo más profundo de su esencia de madre.

Foto Eilyn Diaz-Romero

Los azulejos de la cromo interferencia de color aditivo de Carlos Cruz-Diez fueron testigos del último abrazo entre mamá y yo. Sentí como su garganta obligaba a la saliva pasar frenéticamente, acumulándose así un llanto ahogado que más tarde encontraría su cauce. Sus ojos verdes botella e intensos –como su carácter– me vieron impertérritos mientras apretaba la mano de Hernán, mi papá. Les sonreí, quería que tuvieran de mí una imagen alegre en el aeropuerto. Me volteé. No tuve el valor de preguntarle a mi madre cómo se sentía, mucho menos a mi padre. Aunque no la vi, sí escuché llorar a Virginia cuando se cerraron las puertas automáticas a mi espalda mientras ingresaba al área de migraciones del aeropuerto internacional Simón Bolívar, en Maiquetía. El estampido de su llanto se me quedó grabado en el alma como un hierro al rojo vivo.

Con mi partida, el hogar de mi mamá reflejó el comportamiento que analizaron las universidades Católica Andrés Bello, Simón Bolívar y Central de Venezuela en la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) del año 2017: el núcleo de Virginia Avendaño se incluyó en el 58% de los hogares venezolanos que tenían al menos un familiar viviendo en otro país. Asimismo, la madrugada del 17 de noviembre me sumé al millón 642 mil 442 venezolanos que se convirtieron en migrantes durante ese año, según cifras suministradas por la Oficina Internacional de Migraciones (OIM) de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en su informe Tendencias Migratorias Nacionales en Las Américas de la República Bolivariana de Venezuela.

Nunca le confesé que en mis 27 años de vida jamás me había sentido tan roto por dentro como en ese instante cuando caminaba para chequear mi pasaporte mientras resonaba su tristeza en mi mente. Nunca le pregunté cómo se sentía, porque egoístamente no quería que sus emociones sabotearan mi decisión. Nunca nos sinceramos sobre cómo nos afectaría el proceso migratorio.

Nunca lo hablamos hasta seis meses después de nuestra despedida…

***

Un punto en común que tiene mi mamá con los 27.000 mil venezolanos que ingresaron a Argentina durante 2017 -y el resto de las familias criollas separadas- es que interactúa con su único hijo usando algún mecanismo comunicacional que permite llamadas y mensajería, escrita o con video. En el caso de mi madre, abogada y constructor civil de 55 años de edad quien no se lleva muy bien con la tecnología, hemos podido conversar en las últimas 12 semanas a través de un modesto teléfono inteligente que soporta, afortunadamente, Whatsapp.

El celular se ha convertido en el principal tesoro para mi madre. Recientemente se le dañó por un día. Automáticamente intuí que estaba triste, preocupada, porque no podíamos hablar. Mi sospecha se confirmó cuando realicé una llamada internacional para saber cómo estaba y decirle que me encontraba bien. Su voz destelló una mezcla de emociones: alegría por escucharme; desesperación que se diluía entre risas; pero una profunda melancolía por saber que, aunque conversáramos, no estaba ahí realmente.

Ese episodio ocurrió una semana antes del 5 de mayo de 2018, fecha en la que cumplimos con la deuda de sinceridad que nos debíamos mutuamente. Como periodista estaba preparado para hacer las preguntas porque esa es mi profesión, pero como hijo desconocía si estaba listo para escuchar lo que su mente y corazón guardaban.

En la conversación no participaría mi papá, Hernán, porque era un momento solo entre madre e hijo. Él lo sabía y no hubo necesidad de preguntarle si quería sumarse al diálogo. Esperé estratégicamente que en Venezuela marcaran las 11:00 a.m. para que él se concentrara en hacer el almuerzo y mi mamá no tuviera excusas para suspender nuestra cita.

Cuando la llamada se conectó le dije a mi madre que necesitaba hablar con ella algo importante. Ella sabía de antemano cuál sería el tema de conversación. Le pedí que se colocara en la sala o en el comedor de la casa porque en esas zonas la conexión de wifi es mucho más estable. Ella accedió a mi petición y se ubicó en la sala. Colocó el celular en frente de tal manera que quedara fijo y no tuviera que sostenerlo constantemente. Una vez hubo acomodado todo, sus ojos se mantuvieron fijos. Sonrió sin abrir los labios y me alentó a que comenzara.

Foto Eilyn Diaz-Romero

–Me gustaría saber cómo te has sentido en este proceso migratorio, ¿cuáles fueron tus pensamientos desde el momento que te dije que me mudaría a Argentina?– lancé sin miramientos, lo más neutro posible.

Ella cerró los ojos, apretó los labios suavemente, respiró profundo y exhaló. Solo veía su rostro, pero me imaginé que tenía los puños cerrados, un gesto característico de ella cuando articula en su interior sus pensamientos mientras obliga a su cuerpo relajarse.

–Te dije lo que sentía. ¿Recuerdas esa conversación que tuvimos a comienzos de 2017? Te dije que te estabas achinchorrando en la casa. Tu papá y yo siempre te hemos criado para que seas libre como los pájaros. Tenías que irte en algún momento, pero esperaba que te mudaras por aquí mismo en Guatire, o en Caracas. Nunca esperé que te fueras a otro país.

No me decepcionó. Después de convivir 27 años conocía sus formas de razonamiento. Esa respuesta la pude prever sin necesidad de hablar con ella. Mi mamá siempre anteponía mis motivos por encima de sus sentimientos, y allí era el punto a donde quería llegar.

–Pero… ¿qué sentiste al momento que te dije que me iba?, ¿qué pasó por tu mente cuando te enseñé el pasaje de avión?– increpé.

–La verdad es que en ese tiempo no lo asimilé. No fue real hasta el momento en que saliste de la casa– su voz se quebró, pero continuó –no lloré hasta que te fuiste. Caí en cuenta que te ibas a otro país solo cuando lo vi. Después que cruzaste la puerta de migración lloré, pero me frené. Decidí que ese mismo día tenía que irme a trabajar para continuar con mi vida. Me fui a la notaría donde te hice el poder, allí me fajé a llorar y empecé a nombrarte como loca. Todos se acercaban y me preguntaban qué me pasaba, creían que te había pasado algo. Entendieron cuando les dije que te habías ido del país, que te acababa de dejar en el aeropuerto.

Foto Eilyn Diaz-Romero

Imaginé el momento. El día de mi vuelo me preocupaba cómo se podía sentir mi mamá. Su salud, en específico sus niveles de azúcar y de la tensión, está estrechamente vinculada con su estado de ánimo. Recuerdo que me había dicho que iba a trabajar, un mecanismo de defensa propio de ella para alejar la realidad y mantener ocupada su mente.

Me sorprendió que admitiera ese episodio gris. Me dolió comprender que el trabajo, su rutina, no fue lo suficientemente fuerte para que ella se concentrara y olvidara que me encontraba en un avión rumbo a otro país; que con cada hora transcurrida me alejaba de ella cada vez más. Mi papá no me dijo nada de ese momento, asumí que mi mamá le hizo prometer por la Virgen del Valle que no lo diría para no preocuparme. La imagen de ella sumergida en llanto dentro de una institución pública me sacudió internamente de la misma forma como cuando te zarandean por los hombros para que despiertes. Tenía un nudo en la garganta, sin embargo tenía que seguir indagando.

–¿Crees que fue una decisión egoísta o estamos mejor así? cuando trabajaba en Globovisión como ancla el sueldo no me daba ni para el pasaje mensual de Guatire a Caracas. El sueldo mínimo de papá y los honorarios profesionales tuyos, más mi sueldo, no cubrían los gastos…– dije, orientando la conversación hacia otro tema.

–Jamás pensé que fue una decisión egoísta. ¿Estamos mejor económicamente porque nos mandas dinero de afuera? Sí. Si estuvieras aquí, en el caos de Venezuela, fueras infeliz. Aquí no había nada para ti. Profesionalmente lograste todo lo que te propusiste. Desde que te fuiste aquí se puso peor todo. Tú ibas a vivir amargado por no poder costear las cosas que quisieras, ibas a vivir angustiado por los gastos en la casa. El país no ya no te ofrecía, ni te ofrece ninguna oportunidad.

En ese momento mi madre apeló a la racionalidad para sofocar mis dudas. En su cara se notaba porque ya no tenía el ceño fruncido, hablaba sin interrupciones y gesticulaba con las manos. Pese a que sabía que sus palabras trataban de hacerme sentir mejor, así como justificar mi partida, ella no estaba mintiendo.

En los seis meses que tengo fuera de Venezuela la crisis económica se acrecentó. Al cierre del año 2017 la inflación en el país cerró en 2.616 % con una contracción del Producto Interno Bruto (PIB) de 15 %, según estimaciones de la comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional. En los cinco meses que han transcurridos de 2018 el aparato productivo nacional ha empeorado. El Fondo Monetario Internacional (FMI), en su informe Perspectivas Económicas Mundiales, estimó en casi 14.000 % la inflación para Venezuela con una caída del PIB de 15% al cierre del mismo año.

Esas perspectivas negativas del comportamiento de la economía venezolana se corresponden con el análisis que publicó a finales de abril la comisión de Finanzas del Poder Legislativo venezolano en las que calculó que la inflación de los cuatro primeros meses de 2018 se ubicó en 897 % mientras que el alza de precios interanual fue de 13.779 % (abril 2017-abril 2018).

Personalmente he medido la debacle económica con la cantidad de dinero que le envío a mi mamá. En  cinco meses le he transferido bolívares en seis oportunidades. En todas ellas siempre destiné la misma cantidad en pesos argentinos para convertirlos en moneda  venezolana. Esa ha sido otra de las preocupaciones de mi madre. Al ver que cada mes le envío más Bolívares, ella cree que estoy colocando más pesos para poder mantener los gastos del hogar en Venezuela. Siempre tengo que explicarle que no he modificado mi presupuesto mensual, que ni he aumentado el monto de Pesos argentinos. Constantemente le recuerdo que lo que incrementa es la tasa de cambio producto de la depreciación de la moneda en Venezuela.

En cinco meses, la tasa de cambio extraoficial entre el Peso Argentino y el Bolívar ha incrementado cerca de 700 %, de acuerdo con cálculos propios.

También resonaron las últimas palabras de mi mamá. En materia de oportunidades laborales, si por casualidad decido regresar a Venezuela me tendré que enfrentar a una tasa de desempleo de alrededor 33,3 % para 2018 y de 37,4 % para 2019, según lo que reseña el FMI.

–¿A quién culpas por mi partida?– interrogué.

–A decir verdad a la situación país– aseveró secamente.

–¿Al Gobierno? – refuté.

–No, a la situación país en general. Si el país fuera otro no te hubieras ido. El año pasado solo la Virgen del Valle sabe cuánto te encomendaba a ella para que no te pasara nada mientras trabajabas como periodista en las protestas para el canal y la radio. Tenía pánico que te pasara algo, pero ese era tu trabajo y a ti te gusta meterte en la candela. Eso es algo que pienso: que algo positivo que te fueras es que tienes un trabajo más seguro, aprendes otras cosas.

Tenía razón. Uno de los consuelos que tenía Virginia, que me repetía inclusive antes que partiera, era el cambio profesional. En abril de 2016 los colectivos me agredieron a las afueras del Consejo Nacional Electoral frente a más de 50 Guardias Nacionales que padecían de ceguera y sordera selectiva porque, aunque me vieron y escucharon los gritos mientras me golpeaban los grupos paramilitares, fueron incapaces de cumplir con su deber constitucional –y hasta humano– de proteger.

Luego en 2017 con la oleada de protestas, los nervios de mi mamá y su tensión, se desestabilizaron. Más de una vez Hernán me comentó que mamá tenía la presión arterial alta como consecuencia de imaginar qué me pudo ocurrir mientras le daba cobertura a las manifestaciones contra el gobierno de Nicolás Maduro para los medios de comunicación en los que trabajaba: circuito radial AM/FM Center y Globovisión.

–Pero no eres feliz…– solté secamente.

–¿Cómo voy a ser feliz si no puedo tocarte cuando quiero?, si no puedo abrazarte cuando me da la gana. Nostalgia, ese es el sentimiento que tengo en este tiempo separados. Me alegra verte por allá, que tienes amigos, que sales de noche, que estás trabajando en otras cosas. Me enorgullecí, como siempre con todo lo que haces, cuando vi que aceptaste trabajar haciendo bolitas de carne en un restaurante de noche. Estás creciendo hijo, y eso es lo que yo quiero para ti– respondió melancólicamente, evitando ver fijamente a la pantalla.

Foto Eilyn Diaz-Romero

Mi mamá ha sido feliz con los trabajos que he desempeñado en Argentina, o eso es lo que me hace saber. Desde que llegué a suelo porteño no he dejado de laburar. Aquí pertenezco a ese 67% de inmigrantes venezolanos profesionales que contabiliza el investigador Roberto Salvador Aruj en su informe Caracterización de Inmigrantes Venezolanos en Argentina. Pese a ser periodista de profesión, mi mamá me ha apoyado en los trabajos que he tenido en la París de América: ayudante de cocina, teleoperador de call center y analista de marketing.

No obstante, su felicidad no es plena. Siempre me menciona que extraña verme en televisión. Cada vez que hablamos por Whatsapp me recuerda que le “hace falta” prender la TV, colocar el canal 12 y hacerme compañía desde el otro lado de la pantalla. A lo que yo siempre le respondo lo que Daniel Guillermo Colina, periodista y amigo de la familia, decía: ¡Mamá, con pantalla no se hace mercado!

Foto Eilyn Diaz-Romero

Como no quería caer en repeticiones de otras conversaciones decidí cambiar el tema…

–Sí, tienes razón. Tampoco te hubiera podido enviar los medicamentos que necesitas para controlar la azúcar, la tensión y ahora los del hígado graso…

– Menos mal, Dios sabe cómo hace las cosas. Si estuvieras aquí ni juntando los tres salarios de la casa hubiéramos podido pagar los exámenes que debo hacerme este mes. Tan solo el perfil 20 cuesta mínimo siete millones, saca la cuenta por ahí cuánto nos estás ayudando desde allá. Además, todavía tenemos comida que pudimos comprar con lo que nos mandas.

A finales de abril de 2018 Virginia pudo finalmente asistir a una consulta médica sin necesidad de sentir que estaba dejando de comer por atender su salud. Desde Octubre de 2017 la persigue un dolor abdominal al cual no le prestó mucha atención. Como la mayoría de los venezolanos, en vez de pagar una consulta médica por los elevados costos, decidió automedicarse para tener una mejoría momentánea. Con el dinero que le envié el último mes mi mamá pudo, responsablemente, costear los servicios de un galeno para determinar el origen de esos dolores que incrementaron su intensidad en seis meses. El diagnóstico fue grasa en el hígado y adherencia grasa en el intestino.

Esa condición se suma a otras dos que mi mamá padece: diabetes e hipertensión. Virginia compone al grupo de 13,1% venezolanos mayores de 20 años con diabetes, de acuerdo con el Estudio Venezolano de Salud Cardiometabólica (Evescam); y también se incluye en el 30% del total de la población del país que sufre de hipertensión, según los cálculos de la Evaluación de Múltiples Factores de Riesgos Cardiovasculares en Latinoamérica (Carmela por sus siglas en inglés).

En Venezuela los niveles de abastecimiento de medicinas son extremadamente bajos. De acuerdo con el Monitoreo del Derecho a la Salud, realizado por la Organización No Gubernamental Convite, el desabastecimiento de hipoglicemiantes e hipertensivos se cuantificaba  para enero de 2018 en 86,6 % y 80,4 %, respectivamente. Una de las tranquilidades que me ha expresado mi mamá es que ha logrado disminuir sus preocupaciones al momento de conseguir medicamentos.

Al tercer mes de vivir en Buenos Aires logré hacerle llegar con otro familiar una bolsa con dotación de medicinas suficientes para un año, un encargo que la Guardia Nacional del aeropuerto de Maiquetía estuvo a punto de adueñarse.

Pero aunque estoy en otro país y puedo colaborar con su estado de su salud, mi ausencia sigue siendo su principal dolencia.

–¿Y qué has pensado hacer? Mi papá gana salario mínimo y tú no tienes muchos casos como abogada– expresé dudoso.

–El escenario ideal es que vengas y nos visites, que estés de vacaciones. Si me dices hoy que te regresas a Venezuela te diría que estás loco. Tu papá y yo vivimos gracias a lo que nos mandas, estamos bien, pero no felices. Hace dos años para esta época yo tenía mínimo 10 casos para resolver. Ahora hasta tú vas a los tribunales y no hay gente demandando ni siquiera. He pensado en vender todo e irnos. Nosotros dos tenemos la disposición de hacer cualquier cosa, hasta un día de plancha si es posible. Pero la edad pasa factura y nuestro cuerpo no está para que hagamos eso– confesó apenada desviando nuevamente la mirada.

El tema económico seguía siendo la bandera de mi mamá para justificar que viviera en otro país. Recordé cuando el gobierno de Nicolás Maduro ordenó la nueva reconversión monetaria, la segunda que vive el país en menos de 15 años con el mismo objetivo: maquillar el aumento acelerado de los índices de precio como consecuencia directa de la crisis económica, una de las más importantes de la historia moderna según las declaraciones del economista jefe del FMI para el Hemisferio Occidental, Alejandro Werner.

Aproveché ese hueco de la conversación para introducirme en terreno desconocido.

–Me intriga saber cómo te sientes cuando entras a mi cuarto…–dije suavizando mi voz.

–Esto no te lo había dicho. Tu cuarto está prácticamente igual a cuando vivías aquí, pero regalé tu mesa de computadora. No aguantaba entrar y verla vacía. Te imaginaba sentado en ella escribiendo y diciéndome con tu tono amargado estoy ocupado mamá, déjame escribir. También guardé todos los libros de la biblioteca de tu cuarto y puse la ropa de tu papá en el closet para no verlo vacío– admitió con la voz entrecortada y cerrando los ojos.

Se hizo un silencio de unos 10 segundos, lo suficiente para asimilar la magnitud de esa confesión. A mi madre le dolía mi partida, pero buscaba algún mecanismo para seguir con su vida sin recordatorios perennes de mi ausencia.

En ese tiempo también reuní el valor para dar la estocada final, esa pregunta que como periodista se guarda siempre para concluir. Después de formularla, mi parte humana lamentó hacerla, pero la racional no.

–¿Tienes esperanza que nos volvamos a ver?

Su rostro se descompuso con esas siete palabras adornadas en un tono de pregunta. Las emociones terminaron de detonar en la voz de mi mamá, que se hizo más aguda, triste y melancólica. Los ojos se le inundaron. Finalmente había logrado que exteriorizara el miedo que la acosa desde que salí de casa el 17 de noviembre de 2017.

–¡No me vuelvas a decir eso! Prométeme que nos vamos a volver a ver. Prométemelo Oswaldo José. Tengo miedo que no nos volvamos a ver. Que te pase algo, o a mí, y no te pueda volver a tocar. Todos los días pienso en eso– enfatizó antes de hacer una pausa.

–Sé que esto es lo mejor, que estés lejos de Venezuela. En algún momento las cosas se van arreglar y estaremos juntos de nuevo. Cuando estoy sola y quiero calmarme, cuando pienso que no te volveré a ver, salgo al balcón y veo al cielo, porque sé que el cielo nos conecta y tú también lo estarás viendo allá. El amor que te tengo es el único que me ayuda a superar esto ¿sabes? También me doy fuerzas y me pongo en tu lugar y se lo digo tu papá: él lo está pasando peor. Me repito: yo estoy acá en el confort de mi casa, de mi entorno, con mi gente y mis cositas mientras tú estás en otro país sin conocer a casi nadie, sin tu familia, amigos ni tu hogar. A tu papá le digo que tú te llevas la peor parte esto– arguyó amargamente secándose las lágrimas que corrían por su rostro.

Foto Eilyn Diaz-Romero

Volví a sonreír para aplacar las emociones desbordadas de mi mamá. No quería seguir increpándola con preguntas incómodas. La información que necesitaba saber ya la había compartido.

Concluí el momento recordándole a mi mamá que tenía que almorzar. Ya era un poco más de mediodía en Venezuela y mi papá la esperaba en silencio en la mesa de la cocina procesando todo lo que acababa de escuchar. Asumí que sería él quien terminaría de abrazarla una vez se separara del celular.

Volví a sonreírle a mi mamá. Le recordé cuánto la amo y nos repetimos mutuamente, con diferentes palabras cada uno, nuestro mantra para soportar la distancia.

–Pronto estaremos juntos mamá, recuerda que este es un proceso lento– aseveré con una sonrisa fingida en mi rostro.

–Sí, hay que tener paciencia, gordito.

Foto Eilyn Diaz-Romero

Terminé la llamada y suspiré. Me sorprendí que mientras salía de mi apartamento tenía unas lágrimas rodando por mis mejillas. Sentí la necesidad de ver ese mismo cielo que mi mamá admira cuando quiere sentirse cerca de mí.

Al elevar la vista y contemplar el azul celeste, entendí cómo ha sobrellevado estos seis meses. Siempre me preocupé por cómo me adaptaría a un nuevo país, pero nunca le di la suficiente importancia a las emociones de mis papás, en especial a las de Virginia.

Asumí que ella siempre estaría alegre por la decisión, que lo entendería, pero nunca quise admitir que una parte de ella viviría anhelando mi presencia.

La llamada duró más de una hora. Durante esos 85 minutos fue difícil escucharla y verla llorar sin poder abrazarla mientras las contradicciones de una madre se expresaban como si estuvieran suspendidas en el mismo nivel de una balanza: tristeza por no tenerme cerca, felicidad porque estoy lejos de la crisis de Venezuela.

Rompí la conexión con mi madre al dejar de ver el cielo, suspiré y seguí con mi día con un pensamiento clavado en mi corazón: así como la mía viven otras… ellas, las madres de la diáspora venezolana.

 

Oswaldo J. Avendaño A.
Periodista
Periodista venezolano viviendo en Argentina. Locutor, fotógrafo amateur y foodie. No creo en las casualidades porque ellas son las respuestas de una pregunta que está por hacerse.
Eilyn Diaz-Romero
Fotógrafa
Mujer en transición constante. Me apasiona la fotografía de exploración (con su poder de comunicar), el área organizacional, la investigación y lo social. Como psicóloga pienso que la locura más grande es no hacer nada cuando no estás bien. 

 

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Madres de la diáspora es un proyecto de periodismo narrativo enfocado en historias de mujeres venezolanas con hijos emigrantes a causa de la crisis económica, política y social que vive Venezuela. Una mirada al país suramericano a través de las palabras y los rostros de las madres del éxodo, que esperan el reencuentro con sus seres queridos.