Atardecer de domingo

Por Marian Martínez Perdomo

En esas noches todo dolía. Los recuerdos, las previsiones de futuro, los hechos del presente. El tic tac de los relojes nos golpeaba la cien como un martillo. Toda la sal del mar se agolpaba en nuestra boca, había que tragar grueso y era fácil, muy fácil, querer desembarcar. ¿A dónde se trasladaron los sueños en medio de ese lodazal? ¿En qué momento se hicieron tan esquivos? Entonces, aparecías tú, madre, padre, hijo, esposa, hermano, amigo, novio, amante, vecino, primo… y devolvías la vida con una mirada, con una palabra, con un abrazo que detenía el martillo, aplazaba los recuerdos, bajaba la ansiedad de futuro y traía al presente, por momentos, la paz del que se sienta a mirar el atardecer los domingos.


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