Sentir frío - Seis Grados - Experiencias que nos conectan
Sentir frío

Sentir frío

Por Blanca Hurtado Nederr

Llegué a Buenos Aires, Argentina, un día de junio del año pasado. Iba preparada para el frío. Amigos radicados en esta ciudad me advirtieron de las bajas temperaturas. Así que desde que salí de Venezuela traté de abrigarme todo lo que fuera posible. Arribé a Buenos Aires en plena madrugada y me trasladé directo al hotel. Una vez ahí, sentí la frescura caribeña que en algunas épocas se percibe en mi país.

El panorama cambió cuando me tocó salir del hotel: el viento rebotaba fuertemente en mi cara, la brisa era fría, mis dedos empezaban a entumecerse. Esa sensación duró mientras esperaba, afuera, un taxi. Minutos después, transitaba por la avenida 9 de Julio cuando un semáforo detuvo la marcha. Noté que a mi izquierda estaba una mujer vestida con mono y suéter rosado, que llevaba en sus manos un pote para recolectar dinero. Los conductores hicieron caso omiso. Ni siquiera bajaron el vidrio.

Faltaba poco para que el semáforo cambiara de luz y aquella mujer comenzó a alejarse. La observé en su paso lento, cansado. Subió una acera y llegó hasta donde se encontraba un coche. Dentro había una niña recién nacida, abrigada apenas con un manto. Tenía los labios morados y las mejillas rojas, notablemente quemadas por el frío.

Aquel día, el primero que me regalaba Buenos Aires, cambió mi perspectiva de la ciudad. Y entonces pensaba en las palabras de un argentino que me comentó que apenas empezaba el frío. Pensaba en mi, en el frío que llegué a sentir en apenas minutos. Pensaba que por aquellos días de junio, en los que el peso llegó a devaluarse cuatro puntos en una semana, se acercaban -como ocurrió- días más fríos para muchos argentinos.