Uno, dos, tres amores fallidos

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Por Juan Briceño

Ya era de noche cuando María Laura se acostó en su cama, sin apagar la luz, abrió sus piernas, se palpó, y, con sumo cuidado, se metió dos pastillas de cytotec en la vagina. Estaría por la tercera semana de embarazo, todavía no había ningún síntoma visible, solo la menstruación ausente y que siempre había sido puntual en su vida, cada 28 días. Sus padres se paseaban en la casa mientras ella lloraba en silencio, sin moverse de la cama, ni siquiera para apagar la luz, pues le daba miedo que fueran a caerse las píldoras si se levantaba. Su novio, a quien tenía semanas sin ver, se había ausentado con sentidas excusas, por lo cual María Laura lloró sola hasta quedarse dormida, sin saber qué esperar.

Antes de dormirse, le escribió un mensaje al ausente:

–Ya me tomé las pastillas.

–Está bien, avísame cualquier cosa –respondió.

“Yo lo amaba demasiado, o sea, con él yo hubiese tenido un hijo”, dice en la actualidad.

La despertó el dolor en el vientre. Podía sentir las contracciones en su abdomen, y el seno derecho se le había inflado desproporcionadamente, y así se quedaría, henchido en su mastitis,por dos semanas más. Se tocó la vagina buscando sangre, pero al verse las manos seguían limpias. El dolor era otra incertidumbre, y con ella se acostó a dormir hasta el día siguiente, cuando amaneció sangrando de forma abundante. Había resultado, podía continuar su vida como estudiante de medicina, su novio no dejaría de quererla, todo estaba bien, de aquello las únicas secuelas serían el sangrado que continuaría por tres semanas, espeso, denso, y la hinchazón en el seno.

Quedaron en cuidarse, él le dijo que le compraría las pastillas y así podrían seguir en su tranquilidad de noviazgo, pero aquello quedaría solo en palabras, que, como suele escucharse, el viento se lleva.

Aquella relación había comenzado tres años atrás, cuando ella apenas estaba en el primer año de la carrera y Alberto, ya en los últimos años, le daba clases como preparador. La había invitado a salir varias veces, pero ella se había negado, le parecía feo, pero pese a todo tenía algún atractivo, la actitud, tal vez, o los ojos claros, verdosos, que asemejaban lo dulce del campo. Un día aceptó la invitación y fueron a comer helado, a ella no le pareció ni mal ni bien, de lo que pensó él no sabemos mucho, pero después de ese día siguieron saliendo y lo que de ahí siguió fue que María se enamoró dulcemente de aquel muchacho, su primer novio, propiamente hablando, el que llevó a su casa, el que su padre recibía con un abrazo y sutiles dádivas; el primer amor, ese que, según se dice, nunca se olvida.

Ya aquella primera escena se había convertido en un olvido cuando, un 21 de diciembre, en pleno día del espíritu navideño y con cuatro años de noviazgos ya cumplidos, el padre les dijo: “Ay, yo quiero un pichón de zamuro de ustedes dos”. Como cuando se echa un chisme en medio de una reunión y se rompe un plato, palabra cierta fue aquella: de esa noche resultó un segundo embarazo, inesperado como el primero, que vino a saberse en enero, cuando la sangre no bajó.

–Esa vez sí le dije como desesperada, yo me desesperé: “Por favor, no me vayas a dejar sola, la otra vez me dejaste sola, no me vayas a dejar sola nunca en tu vida”. Casi que le rogué que no me fuera a dejar sola, y lo abrazaba aferradísima a él.

Alberto la acompañó a realizarse la prueba de embarazo, y los resultados los mandaron al correo de él. Al momento de enterarse, María cerró los ojos, se apretó a él y escuchó a Alberto decirle: “Sí, fue positivo”. Al día siguiente ya tenían las pastillas. Se las aplicó en el cuarto de Alberto, ella sola y sin que él mirara, y luego se echó a llorar. Su novio fue a socorrerla, se acostó a su lado, la consoló con palabras secas, pero terminaron disgustados porque María no sentía ningún efecto y, al comentarlo, Alberto la acusó de haber botado las pastillas. Muy en lo profundo, María deseaba a ese niño que no nacería.

“En mi mente siempre fue una posibilidad, pero yo ni siquiera se la iba a asomar, porque yo sabía que él no quería, y yo pensaba que él me iba a dejar si yo le decía esa barbaridad”, comenta María.

No las había botado, las había usado, pero al día siguiente, después de una noche de disgusto, no había sangrado ni seno recrecido, ni ningún otro síntoma que avisara del cambio. Por internet encontraron otro proveedor, solo un número de teléfono junto a la palabra “cytotec”, el tan deseado abortivo, usado generalmente para inducir el parto, pero cuya segunda función lo hace un producto deseado en los mercados negros. Quedaron en verse en un centro comercial, y allí, en efecto, se encontraron con el hombre, quien junto a su esposa e hijo fue a venderles la solución para sus problemas.

Esta vez María Laura decidió realizar el procedimiento ella sola. Se fue a su casa, se encerró en su cuarto y allí volvió a hacer lo que le pareció casi una rutina, un ejercicio maquinal, un procedimiento básico; aquella vez no lloró, solo se molestó consigo misma por estar pasando por eso de nuevo. A la mañana siguiente la sangre corría a borbotones, y una tristeza y una felicidad se juntaban en un mismo cuerpo.

Meses después la relación se acababa. María Laura sospechaba de tiempo atrás las infidelidades de Alberto, y terminó por convencerse cuando un día, al revisar el Facebook de él, encontró varias conversaciones en las que su novio flirteaba con otras mujeres. Una conversación en particular le llamó la atención, porque Alberto, el que decía ser de ella, le escribía a otra: “¿A ti no te dan ganas de casarnos? ¿De tener algo bonito?”, era lo mismo que le decía a ella.

“A él eso no le importó. Yo creo que él hoy en día, si piensa en mí,no creo que recuerde eso, no creo que piense que fue chimbo que me hizo abortar dos veces”, piensa María.

Meses después, ya en los últimos años de la carrera, a María le tocó ser residente en la Maternidad Concepción Palacios, donde en varias ocasiones ayudó a las mujeres a parir. Allí, al cargar a los recién nacidos, recordó al que se hubiese llamado Albertico, y que nunca llegó a llamarse. Entristeció, todavía lo amaba, al niño que no existía y al padre que no fue. Pero también agradeció el aprendizaje, y el no estar atada a un muchacho que tanto en el fondo como en la superficie, no la quería.

“A mí tiempo después me hicieron un eco, y no me salió nada. Pero eso fue por casualidad, porque tuve suerte. Pudo haber sido mucho peor.Nosotros nunca nos cuidamos. Y yo nunca se lo pedí porque estaba demasiado preocupada por gustarle a él, en no dañar la relación. De verdad cometí error tras error. El daño que le haces a tu cuerpo con eso puede tener muchas repercusiones. Muchas mujeres después de eso no pueden tener hijos, muchas se mueren por un aborto séptico”, remata María Laura.

No es esta la peor historia, no tuvo que sacarse María al muchacho con un gancho, ni falleció desangrada en una camilla sucia de un cuarto clandestino, pero es la historia de María, a quien por prudencia no llamamos aquí por su nombre real, la que aprendió que hay amores que llegan a partirte la vida.

Una historia que se repite indefinidamente.

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