Una historia en el Saime: Ir de prisa - Seis Grados - Experiencias que nos conectan
Una historia en el Saime: Ir de prisa

Una historia en el Saime: Ir de prisa

Por Blanca Hurtado Nederr

El día que conocí a la señora Yen me encontraba en Santa Mónica, Caracas. Andaba atareada, aunque todavía faltaba un mes para mi viaje. A Yen, en cambio, le quedaban escasamente cuatro horas para el suyo. España era su destino.

Coincidí con ella en la oficina del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime). Yo intentaba tramitar mi prórroga y la señora Yen buscaba resolver el pasaporte extraviado de su hija, con quien viajaría a este país. A pesar de la premura, ella portaba una serenidad increíble, tanto que al verme entrar a esta oficina se mostró sonriente y eso me permitió saber que quería conversar.

 

 

Empezamos a hablar de nuestras profesiones. Ella socióloga. Yo periodista. Ambas egresadas de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Orgullosa de su título, me contó de aquel momento de su vida que calificó como uno de los más maravillosos. “La UCV me dio tanto”, me dijo. “Fíjate que a mi esposo lo conocí ahí. Si te contara cómo”.

Rememoró que quedaron flechados durante un concierto en el Estadio Universitario y que, desde entonces, no se han separado. “Él tenía su novia y yo mi novio, pero ninguno de los dos llegaron a ese concierto. Así que aprovechamos. Lo que es para uno, es para uno. Nunca lo olvides”, concluyó entre risas.

Yen también me detalló la manera en que disfrutó parte de su juventud. Y hasta narró que participó en la denominada Marcha de los Pendejos, realizada en Caracas el 15 de junio de 1989, como un contundente pronunciamiento ante la corrupción de la época.

La conversación siguió hasta que Yen me preguntó cuántos años le calculaba. “68”, le dije. “Si le restas 20, el total es mi edad”, respondió. Me sentí apenada. Luego, decidí conocer el motivo de su viaje. “Tengo un tumor en mi cabeza y me van a operar en España”. Comentó que familiares y amigos colaboraron para su operación y que si perdía ese vuelo, perdía prácticamente la vida. Quedé perpleja.

Al notar mi actitud, Yen trató de esquivar lo dicho y decidió indagar sobre mi viaje. Le hablé, entre otras cosas, de lo complejo que era tramitar esa prórroga para lo antes posible. “Tranquila, ese viaje es para ti”, me confirmó, como si estuviera totalmente convencida de lo que decía.

El tema del viaje quedó ahí y, justo en ese momento de la conversación, me tocó despedirla. La abracé y ella me dio la bendición. Todo fue tan rápido que no alcancé a pedirle el teléfono. Pasaron cuatro semanas y, en medio de muchas vicisitudes, mi viaje finalmente se dio.

Tiempo después no olvido sus palabras y es como si las escuchara hoy, tiempo después me pregunto si se habrá operado, si vivirá. Tiempo después entendí que muchas veces asumimos -como únicas en el mundo- nuestras prisas.  Y que esas prisas suelen ser tan pequeñas como aquella que llevaba el día que conocí a la señora Yen.