El futuro: Venezuela necesita una guía de ruta - Seis Grados - Experiencias que nos conectan
El futuro: Venezuela necesita una guía de ruta

El futuro: Venezuela necesita una guía de ruta

Por Igor García

Venezuela necesita en este momento una gran reflexión sobre su futuro. Tenemos la oportunidad de sentar las bases de una nueva república, acorde con nuestras necesidades y nuestros recursos. En primer lugar debemos hurgar en la historia con el fin de conocer como los caudillos del siglo XIX y parte del XX, desvirtuaron la oportunidad de nacer como país libre y soberano y, luego, como los partidos políticos, tomaron el papel de los primeros para hurtarnos la oportunidad de vivir una verdadera democracia.

Este análisis histórico nos llevaría a conocer el daño que el sistema populista instaurado en el país, luego de la caída del gobierno de Marcos Pérez Jiménez, conllevó a una dictadura de partidos políticos, donde la voluntad del elector se perdió en cúpulas donde grupos minúsculos decidían el quehacer nacional en todos sus ámbitos.

De igual forma nos llevaría a conocer que ese sistema seudodemocrático que rigió al país en la segunda mitad del siglo pasado, nos llevó a caer en la peor de las pesadillas que pudiera vivirse en el país desde su fundación. Teníamos diputados y senadores sin decisión, porque en las sedes de los partidos se cocinaban las leyes, las escogencias para los militares de altos cargos, los jueces, el manejo de las finanzas públicas, las relaciones internacionales, la aparición de los nuevos líderes, los sistemas educativos, el manejo de los medios de comunicación y todo cuanto aconteciera dentro de la política nacional.

Todo medraba alrededor de la permanencia en el poder y para ello se dejaban colar migajas hacia el pueblo llano. Se vieron pasar casos de corrupción diluidos en los tribunalescon  un halo de impunidad que creció año a año, impactando en una población, cuya respuesta fue el alejamiento de las urnas electorales al considerar inútil salir a votar siempre por los mismos y bajo las mismas esperanzas.

Lo demás es conocido por todos los que hemos vivido el peor período de deterioro nacional en toda su historia. Lo que resta es comenzar a planear el futuro que no puede ser otro que un plan concertado entre las pocas organizaciones que todavía existen, tales como los gremios profesionales, los partidos políticos tradicionales y emergentes, las diversas iglesias  y todas aquellas organizaciones de índole pública o privada que deseen el bien para el país.

Venezuela necesita una guía de ruta que nos aleje de continuar en un sistema populista donde coloquen paños de agua tibia que alivie los dolores más fuertes. En primer lugar, esa guía de ruta debe plantear un nuevo sistema político administrativo que abarque, desde la familia y la educación, hasta  las relaciones internacionales y la división del territorio y sus sistemas de elección de gobernantes. Debe incluir un lapso perentorio de emergencia nacional para levantar el caos existente y evitar que por carencia de alimentos y medicinas continúe padeciendo la población, pero también debe contener la inclusión de todos al proceso del trabajo productivo.

No será fácil levantar una nación con los principios morales que hoy prevalecen, donde el egoísmo, la prebenda y la dádiva se sobreponen al esfuerzoy al trabajo en colectivo. De este esfuerzo emergente debe surgir la nueva escuela, aquella que combine el conocimiento con la tecnología, el deporte y el desarrollo mental, adaptada a la visión futurista necesaria de los tiempos por venir.

En esta escuela debe estar la visión de una familia sólida. Una familia que pueda trabajar unida en microempresas de servicios con visión de crecimiento, sumando la oportunidad de dar a sus miembros las responsabilidades debidas para la prestación de servicios de calidad a emprendimientos de mayor talla. Esta nueva educación debe cambiar el paradigma existente del trabajo como objeto de explotación por el de la acción de producción de riquezas para el bienestar del grupo y de la sociedad.

Dentro de ese mismo plan debe existir la voluntad del Estado de desprenderse de la rémora de centenares de miles de personas que chupan de su peculio sin generar beneficios. Para ello debe iniciarse un proceso de depuración en la división político territorial, por cuanto la misma no ha tenido otro objetivo en los últimos 60 años de ser fuente de colocación de adeptos a los partidos en organismos como gobernaciones, alcaldías, consejos legislativos, ministerios y entes descentralizados, por nombrar sólo algunos.

El territorio de Venezuela debe responder a sus necesidades, así como su sistema de gobierno. Bien pudiera dividirse la nación en 7 bloques, provincias o estados que respondan a necesidades similares, con el fin de establecer políticas propias de cada uno y sectorizar las leyes, los ingresos y los modelos de desarrollo, dependiendo de los rubros a producir.

Es decir, Venezuela debe ser una confederación descentralizada, gobernada por un plan de acción general y planes de acción sectoriales donde se compita por el beneficio de todos de una manera libre de ataduras político-partidistas que, hasta el momento, han dificultado toda iniciativa de progreso nacional.

Las elecciones para estos gobiernos  sectoriales y nacionales deben responder a otra tónica. No pueden sustentarse en partidos políticos únicamente. Aquí debe existir la posibilidad de que todo aquel venezolano, cuyo accionar ciudadano lo haya dotado de algún tipo de liderazgo, tenga la oportunidad de medirse en elecciones libres con la mismas oportunidades que la de aquellos amparados en partidos y cada uno de los elegidos debe tener libre albedrío para actuar de conformidad con su consciencia y no por y para el partido que lo postula.

La figura del Presidente omnipotente debe desaparecer para soportar el mando sobre un sistema parlamentario que diluya los sistemas de corrupción y una prensa libre, con acceso a todos los hechos realizados por los organismos públicos y en cuya dirección no priven intereses de grupos políticos ni económicos en detrimento de la verdad.

Creo que los caminos se están despejando para el surgimiento de una tercera etapa en la historia nacional que vaya más allá del caudillismo del siglo XIX, más allá que el populismo partidista del siglo XX y más allá del desastre del mal llamado socialismo de estos últimos años.  Esta etapa debería estar cocinándose en este momento, como la luz apareciendo al final del túnel.