El último vuelo

Por Marian Martínez Perdomo

Antes de que el polvo cubriera su casa, Alice amaba los aviones. Se acostaba sobre la grama del patio de su escuela a verlos pasar, cosa que no ocurría muy seguido. Todo transcurría con normalidad y Alice vivía su infancia como cualquier pequeño lo hace, entre juegos, dulces y una familia que la esperaba a la hora del almuerzo.

Ahora Alice tiene los ojos rojos de tanto llorar, lo hace continuamente por el dolor y por la alergia que le causa la suciedad que arropó su ciudad. Si mira a la derecha hay un montón de escombros e infraestructuras maltrechas, con columnas tercas que se niegan a morir o con unas ventanas rotas que ya no protegen del frío, ni del sol, ni de los malos. Si decide virar a la izquierda el escenario es el mismo, incluso le parece peor pues allá, a lo lejos, se ven las cenizas en las que se convirtió su escuela.

Del principio del ocaso ella no recuerda nada. No se lo advirtieron, nadie le avisó. El último instante lleno de colores que persiste en su memoria es el de aquel día en que jugó bajo la lluvia con su mejor amiga. Esa tarde sentía que era la niña más feliz del mundo, mientras las gotas frías del cielo caían en su cuerpo y ella danzaba de un charco a otro.

Cuando los aviones empezaron a inundar el cielo, su cotidianidad se trastocó. Su padre ya casi no hablaba y su madre, que le preparaba los platos más suculentos para alegrarle las noches, pasaba el día mirando por la ventana, resguardando alimentos y enseres en unas maletas a las que ya no les cabía más.

Alice aún siente la impresión de aquella mañana gris cuando salió de su casa rumbo a la escuela y vio la hilera de vecinos que marchaban a pie. Eran como hormigas que transportan hojas para una cueva. Quiso preguntar pero no pudo, porque al mirarlos no los reconoció: estaban ojerosos, llenos de arrugas, viejos, cansados, vacíos.

“¡Boom!, ¡Boom!” fue el sonido que empezó a amenizar aquellas noches más oscuras en las que juntos los tres en la cama intentaban en vano conciliar el sueño. La escuela cerró sus puertas y sus padres, día y noche, se enfrascaban en una discusión sobre si era conveniente partir. ¿A dónde? No lo sabían.

Y por tanto postergar la decisión, fue la vida la que dio el primer paso. En una noche más sombría que las anteriores, tras un largo silencio de más de tres horas, el cielo se iluminó con tantos aviones. Pudo ser una buena noticia, pero hay largos silencios que preceden la dura caída en un abismo. Ráfagas de disparos y bombas empezaron a caer y, entre un temblor y otro, Alice se desvaneció. En parte, por el pavor de no saber porqué las luces en el cielo ya no la hacían feliz y, en mayor medida, por el polvo que le pintó el cuerpo de blanco, invadió sus pulmones y le impidió respirar.

Al despertar estaba en el suelo, con una casa que se redujo a escombros sobre su cuerpo. De papá y mamá no supo más. No oía. Desde la posición en la que estaba solo veía piedras grises, una sobre otra, y a lo lejos una densa cortina de humo que se elevaba sobre lo que hasta hace unas horas era su ciudad. Tenía sed, tenía miedo, le dolían los brazos, las piernas y el corazón. Se sentía como aquel día en el que por no hacer caso se perdió en el mercado y paralizada por el temor gritó en busca de su madre.

Esta vez no podía gritar, hasta respirar era difícil, incluso más que resolver los problemas de matemática que tanto la atormentaban. Antes de adormecerse nuevamente, en su carita pintada de blanco se abrieron paso unas lágrimas que limpiaron el polvo y cayeron al suelo.

Ahora Alice tiene los ojos rojos de tanto llorar. Está en una cama de un hospital móvil al que llegó sin saber cómo ni cuándo. Quiere un abrazo de mamá, quiere oír a papá. Nadie sabe de ellos. Tiene frío, tiene calor, tiene hambre, tiene dolor, tiene sed, tiene muchas cosas menos una que la hará palidecer cuando levante la sábana que la cubre. Luego, ella se trasladará a esa mañana en la escuela en que acostada sobre la grama veía el cielo y pensará en lo difícil que será brincar de charco en charco. Entonces, deseará con furia que los aviones desaparezcan.

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