Así palpitan las calles de Caracas (Parte I) - Seis Grados - Experiencias que nos conectan
Así palpitan las calles de Caracas (Parte I)

Así palpitan las calles de Caracas (Parte I)

Por Marian Martínez Perdomo

Cada calle de Caracas late con una frecuencia distinta. Sus avenidas, esquinas y autopistas son solo pasadizos para la mayoría de las personas que se trasladan de un lugar a otro. En ellos hay que protegerse en mayor medida cuando el sol se esconde y los bombillos de los postes (que todavía sirven) se encienden.

Para otros, por diversas circunstancias de vida, el asfalto, las aceras, los rincones de las estaciones del Metro de Caracas, los puentes o las esquinas de las plazas se convierten en su casa. Desde lejos ellos se ven como sombras, bultos cuyos detalles no se perciben en la oscuridad. Son, como me escribiría luego uno de ellos, “hijos de la calle”.

 

 

La preparación

Faltan solo minutos para las 9:00 pm del jueves 23 de marzo. En una esquina de San Martín un grupo de voluntarios dirigidos por Francisco Soares, presidente de la Organización No Gubernamental (ONG) Regala una Sonrisa, afina los últimos preparativos para ir, sin más pretensiones, a tender una mano y ofrecer comida y ropa a las personas en situación de calle. Si las palabras lo permiten algunas de ellas aceptarán subir a un autobús para ir a un centro de atención.

Antes de partir formamos un círculo. Los integrantes de la ONG explican a quienes asistimos por primera vez algunas consideraciones a tener en cuenta. Una de ellas es no abordar a las personas todos a la vez ni de manera abrupta. Luego, habla el pastor del centro al que llegarán los que decidan aceptar la oportunidad de dejar la calle. Pronuncia unas palabras a través de las cuales pide a Dios convertirnos en vehículos de su voluntad, luego nos invita a cerrar los ojos para dar gracias. Se escuchan a lo lejos unos disparos. La ciudad nos recuerda sus peligros.

Alí, el lector. Diablo, su amigo

El autobús empieza la marcha. Lo escolta una patrulla. Recorre unos metros y ahí está Alí, acostado en una acera. Parece estar durmiendo. Varios voluntarios se acercan y le hablan. Él se despierta, se sienta posando su espalda sobre la pared. Cuenta que no ha comido nada porque está mal del estómago y, por eso, prefiere dormir. Es delgado, cabello canoso.

“Ayer vi una propaganda del evangelio cambia”. Desde entonces pensó en ir  a un centro, salir de la calle. “Dios se adelantó antes de que me arrepintiera”. Sube al autobús después de tomar su bolso y un periódico de esos que reparten las instituciones religiosas, quizá el mismo donde leyó el mensaje.

Diablo, un poco temeroso, le sigue y asciende. Es su perro, su amigo desde hace un año. El nombre responde al color pardo que tenían sus ojos cuando lo vio. “Come más que el dueño”.  Antes también estaba Revoltoso, pero se ensartó en una rueda de un jeep, el vehículo se movilizó y quedó malherido. No podía controlar cuándo hacer sus necesidades, entonces Alí tuvo que prohibirle que durmiera sobre él. Una noche, Revoltoso lo hizo. Al amanecer estaba muerto. ¿Lloraste? “Lloré una semana”.

Alí va sentado en el primer puesto de la fila derecha del autobús. ¿Hace cuánto tiempo estás en la calle?, pregunta alguien. “Mejor no hablemos de eso”.  El espacio se convierte en una reunión de amigos. De pronto, en algún momento de la conversación, él pronuncia la palabra “irrisorio”.  Entonces, detecté a un gran lector.  “¿Te gusta leer? Sí, de todo”.

Los minutos pasan. Habla de su viaje a Suecia, lo ordenado de ese país. De la terquedad del ser humano, el “no querer entender”. Quizá ese sea su modo de llamar lo que lo llevaba a estar en la calle. Más adelante, con el dolor que aflora con ese tipo recuerdos, Alí le contó a una compañera que su mujer y su hija fallecieron en un accidente.

El malestar en el estómago no le permitía comer. Era el resultado de ingerir todas las noches unas hamburguesas que se ganaba ayudando a unos amigos. “Tanto pan”. En algún tiempo trabajó en una panadería. Lo hacía después de bañarse y asearse. También vivió unos días con un conocido, pero debía ceñirse a sus reglas. De amigos Alí no habla mucho, prefiere estar solo porque en la calle algunos son violentos.

Después de unas horas se anima a comer. Al rato, le dan ganas de vomitar. Lo intenta en vano. ¿Tienes ganas de ir al baño? “No, es dolor en la boca del estómago”.  Alí cierra los ojos mientras seguimos el recorrido. Aparenta dormirse a ratos, así como hacia en la calle para olvidar el dolor. A veces pronuncia un chiste, sonríe y piensa algo que no sabré. Es paciente. Llegamos al centro y con ese mismo carácter espera que todos se ubiquen para él hacerlo luego. No tiene prisa, aprendió a esperar. Le doy un abrazo como si lo conociera desde hace años. Alí responde con una muestra de cariño aunque no esté acostumbrado.