Crónica: Cómo sobrevivir con el salario mínimo en Venezuela - Seis Grados - Experiencias que nos conectan
Crónica: Cómo sobrevivir con el salario mínimo en Venezuela

Crónica: Cómo sobrevivir con el salario mínimo en Venezuela

“En algunas de esas casas me dan comida y lo que hago es que me la llevo para mis hijos. Ellos se alegran cuando me ven”, expresa con gesto de ingenuidad, como si en ese momento dejara atrás los tantos años que todo esta situación le ha sumado a sus apenas 32 años de vida

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“Por favor, no te olvides de mí” , dijo. Mientras, palpaba mis manos como queriendo dar otro mensaje. Siguió un abrazo y al recibirlo me preguntaba:  “¿Qué puedo ofrecerle?”, “¿conseguiré más leche para su bebé?”.

Me despedía de un trabajo y, con él, también de María. Ella lo sabía.

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María López labora como obrera en una institución pública venezolana, donde devenga salario mínimo (5.196.000 bolívares, calculado en el mercado paralelo en 1,5 dólares), un sueldo con el que no puede comprar un kilogramo de carne, tampoco un cartón de huevos, mucho menos leche. Sí, la que necesita para su hijo menor que apenas cumplió un año de edad. Con él ha tenido que pasar de todo para alimentarlo. Y, en este momento, quizás se encuentre en la peor situación: solo tiene para darle arroz como suplemento.

En los últimos dos meses, la crisis venezolana se ha agravado de tal magnitud que recientemente el Fondo Monetario Internacional (FMI) estimó la inflación en 1.000.000% al cierre de este año, estimación que hasta abril no pasaba el 14.000%. En hogares como el de María esto tiene consecuencias realmente dramáticas.

“Antes pensaba qué comeremos mañana. Ahora no sé qué nos tocará para el almuerzo, la cena. Si yo no tuviera tres hijos, creo que llevara esto con más calma”, reconoce apenada y calla.

Junto a sus hijos de 1, 5 y 7 años, María también está a cargo de su mamá, quien la ayuda con el cuidado de ellos. Así es cómo puede cumplir su jornada diaria en la administración pública y luego como doméstica.

“En algunas de esas casas me dan comida y lo que hago es que me la llevo para mis hijos. Ellos se alegran cuando me ven”, expresa con gesto de ingenuidad, como si en ese momento dejara atrás los tantos años que todo esta situación le ha sumado a sus 32 años de vida.

María es habitante de La Bombilla, una conocida zona popular caraqueña perteneciente al 23 de Enero. Ahí recibe su bolsa de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap), distribuida a precio subsidiado por el Estado. Comentó que si bien se la entregan con regularidad, la cantidad de productos no es suficiente para el sustento de su numerosa familia.

“Una caja no alcanza para todos en la casa. Debo salir a hacer milagro con lo que gano para comprar algunas cosas”, contó notablemente extenuada por el cansancio  físico y mental.

Además de la compleja situación alimentaria, la crisis del transporte impacta en la calidad de vida de los venezolanos. Ella no escapa de esto y, por eso,  debe hacer largas caminatas diarias y subir un sin número de escaleras para llegar a casa, donde vive alquilada desde hace varios años.

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María extendió aquel abrazo. Yo, que lo recibía, tocaba a un ser cadavérico, débil, ido, que apenas hablaba. Recordaba, entonces, que hace mes y medio no estaba así.

“Si tienes leche o arroz, por favor, me llamas”, fue su última petición —hecha con un poco de pena y una evidente necesidad—.

Esa mirada del hambre quedó grabada, similar a lo que describiera el periodista argentino Martín Caparrós en su libro El Hambre, páginas en las que cuenta su experiencia en países de África.

“…Seguimos hablando de sus alimentos y la falta de ellos y yo,  tilingo de mí, me enfrentaba por primera vez a la forma más extrema del hambre y al cabo de un par de horas de sorpresas le pregunté —por primera vez, esa pregunta que después haría tanto— que si pudiera pedir lo que quisiera, cualquier cosa, a un mago capaz de dársela, qué le pediría.

—Quiero una vaca que me dé mucha leche, entonces si vendo un poco de leche puedo

comprar las cosas para hacer buñuelos para venderlos en el mercado y con eso más o menos me las arreglaría.

—Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas.

—¿De verdad cualquier cosa?

—Sí, lo que le pidas.

—¿Dos vacas? Me dijo en un susurro, y me explicó:

—Con dos sí que nunca más voy a tener hambre.

Era tan poco, pensé primero.

Y era tanto”.

Fragmento tomado del libro de Martín Caparrós.