Perro ladrón - Seis Grados - Experiencias que nos conectan
Perro ladrón

Perro ladrón

Por Julio César Blanco Mendoza

Para mí era muy fácil tener mascotas en mi infancia, ya que cualquier pequeño bicho lo guardaba en mis bolsillos o buscaba un envase para conservarlo, desde cucarachas, grillos, lagartijas, sapitos o lo que me encontrara, incluso me fascinaba el orden de las hormigas, pero tenía mucho cuidado con las rojas ya que su mordida ardía mucho. Todo animal era un entretenimiento maravilloso a mi corta edad.

Llegó un cachorro de perro a mi casa que en poco tiempo creció a tamaño medio, aunque para mi estatura lo consideraba bastante grande y fuerte. Cuando jugaba con él siempre quedaba aporreado por su juego tosco y rudo; sus mordidas suaves igual maltrataban, era bastante juguetón salvo cuando comía, en ese momento se mostraba agresivo con cualquiera que pasara cerca. Fue un perro que se convirtió en mi compañero en las excursiones diarias en el pequeño terreno de mi abuela, que para mí era un enorme espacio de juegos y entretenimiento. Como todo perro, comenzó sus andanzas con mordidas de todo tipo, acabó con todas mis pelotas de plásticos, en un tiempo destrozó cualquier zapato que se dejaba al descuido. Fue un momento de gran sorpresa cuando descubrí que la desaparición de mis muñequitos de soldados plásticos se debía a que se los tragaba y sólo pude descubrirlo cuando en sus heces sobresalía la mitad de un soldado lanzando una granada.

Un día vino a la casa una compañera de escuela a realizar una tarea, no recuerdo si era parte tarea o parte juego, pero en fin, estaba en casa. Mi abuela se fue por un momento al abasto a realizar algunas compras, dejándonos adentro de la casa con la puerta cerrada ya que mi amiga tenía miedo al perro. Estuvimos bastante entretenidos entre la tarea y los juegos, en algún momento ella se acercó a la ventana para mirar al perro, el perro al parecer presentía el miedo porque se paró en dos patas frente a la ventana y ladró tan fuerte que agrietó uno de los vidrios, por supuesto el susto de ambos fue tal que casi nos caímos de la impresión. Al poco rato llegó mi abuela, a quien le conté lo sucedido, ella inmediatamente se molestó, mandó a mi amiga para su casa y me dio el mayor de los regaños. Yo insistía en contarle lo que había ocurrido y mi abuela no creyó en lo absoluto que el perro con su ladrido agrietó el vidrio, culpándonos a los dos de algo que no habíamos hecho.

Muy molesto e indignado por ser culpado de algo que no había hecho, salí de la casa hacia el terreno, me senté en las escaleras, quejándome y con mucha rabia, esa rabia que conservan los niños por largo rato sin entender los regaños de los adultos. El perro se sentó a mi lado como acostumbraba, cuando lo vi empecé a gritarle que por su culpa me regañaron y casi me pegan, que no se me acercara más, le grité varias veces ¡PERRO LADRÓN!, ¡PERRO LADRÓN!, el perro agachaba la cabeza y las orejas, me paré molesto y me fui a mi cuarto a llorar de la impotencia y con la rabia contenida.

Al pasar las horas se me fue pasando la rabia, igual que a mi abuela. Lo sucedido también fue disminuyendo en importancia, aunque no pude convencer a mi abuela que no fue mi culpa, lo que si se mantenía en mi mente eran las palabras que le había gritado al perro. Cuando el perro se me acercó de nuevo con las orejas agachadas y ojos de suplica, comprendí que se sentía igual que yo porque lo llamé incorrectamente LADRÓN, por la forma en que me miraba pensé que sentía tanta injusticia como yo sentí cuando me culparon. En ese momento no encontré la palabra adecuada para decirle que ladraba muy fuerte y LADRÓN fue la palabra que pude conjugar a mis pocos años y con mi conocimiento. Me arrodillé, le abracé y le pedí perdón, más nunca le llamaría PERRO LADRÓN. Fuimos grandes amigos, casi como hermanos. Murió después de doce años de vida, todavía lo recuerdo gratamente, mi gran perro fiel y protector.