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Lo mínimo para sobrevivir

Lo mínimo para sobrevivir

En este país ya no existe ni la sombra de su antigua prosperidad, ni el arropo de unos precios petroleros extremadamente altos, que permitían mantener una fachada en pie, que ahora está completamente derruida

Por Mariana Yánez

Para nadie es un secreto que la realidad venezolana es cada día más difícil, la hiperinflación que asola al país hiere cruelmente la capacidad adquisitiva del bolívar. Con el pasar de las horas, la moneda nacional se devalúa, así como lo hacen las esperanzas del ciudadano de a pie de poder vivir tranquilamente, sin la sombra cruel y amenazante de una economía que se derrumba.

Tras el anuncio presidencial, el salario mínimo se ubica en Bs. 1.000.000, que para poco o nada alcanza. Lo más básico que se puede adquirir en un mercado popular suele superar con creces ese monto. El queso, el pollo, la carne y los huevos, son todos rubros que ya superan de largo un millón de bolívares.

Lamentablemente, existen muchas personas cuya realidad económica pasa de ser una lucha a una auténtica pesadilla, pues aunque son trabajadores honrados y responsables, su ingreso no es más que una mísera burla.

 

 

El venezolano promedio debió aprender por las malas que un aumento de salario no siempre conlleva buenas noticias, y que a la larga, puede acarrear consecuencias catastróficas. Este anuncio que solía ser emblemático en el Día del Trabajador, ahora se convirtió en una pesadilla casi mensual, la cual muchos habitantes, los que han logrado descifrar lo básico del equilibrio económico, critican y lamentan.

Muchos padres y madres de familia no saben cómo podrán alimentar a sus hijos, jóvenes no saben de qué manera ayudar a sus familias que pasan penurias, estudiantes quienes desconocen cómo podrán seguir costeando su educación, centros educativos qué ya están condenados a cerrar sus puertas.

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Resulta desgarrador escuchar a jóvenes madres decir que “se quieren rendir” porque con su sueldo solo les alcanzó para comprar unos pocos gramos de queso, y que ya no saben qué darle a sus hijos de comer. Es igualmente un panorama desolador notar cómo compañeros de trabajo bajan notablemente de peso, o simplemente dejan de asistir a su puesto, dado que entienden que todo el sacrificio que hacen no vale la pena, pues con lo poco que perciben, apenas podrán pagar el paupérrimo servicio de transporte público.

En este país, anteriormente uno de los más ricos de América Latina, ya no existe ni la sombra de su antigua prosperidad, ni el arropo de unos precios petroleros extremadamente altos, que permitían mantener una fachada en pie, que ahora está completamente derruida.

 

 

En Venezuela, el mercado normal se detuvo, no hay compra y venta de inmuebles en la moneda nacional, las tiendas de ropa lucen siempre vacías, las zapaterías venden muy poco, las salas de cine lucen desiertas, al igual que restaurantes y otros puestos de comida. Ni hablar de rentas, alquileres o refacción de una vivienda, esos son lujos que le pertenecen a una casta de privilegiados y a los pocos empresarios que quedan en el país, no al ciudadano común, no al trabajador, el cual, con lo mínimo, debe descubrir la vía para sobrevivir.