Empuñar los libros - Seis Grados - Experiencias que nos conectan
Empuñar los libros

Empuñar los libros

Una forma de absorber la experiencia es a través de la narrativa. En las civilizaciones antiguas, un viejo se reunía alrededor de una fogata junto a los más jóvenes de la tribu. Su experiencia se condensaba en historias


Por Lizandro Samuel / @LizandroSamuel

Quizá mi problema es que nunca he leído para evadir. Hasta en la más absurda de las ficciones puedo encontrar paralelismos con eso que llamamos realidad. Y las pocas veces que esto no ocurre noto poca magia y demasiado plástico en palabras que por falta de artificio lucen artificiales.

Para evadir, supongo, encontré el fútbol, luego el tenis y por último el baloncesto. Pero hasta en eso fracasé. La historia de superación de cualquier jugador me aleccionaba sobre cómo vivir. Y el consejo más útil de mi vida lo escuché en la conferencia de un entrenador sobre el que disfruto leer. “No le hagan caso a nadie”, dijo Pep Guardiola. No supe si hacerle caso o no. Por las dudas, seguí mi instinto cuando mi madre, viendo que mi biblioteca crecía más rápido que mi armario, me preguntó si yo planeaba comer libros o usarlos para vestirme. “Ni lo uno ni lo otro, solo planeo ser feliz”, pensé.

Y la felicidad, en mi opinión, poco tiene que ver con mirar para otro lado. Mientras escribo esto están asesinando a alguien en Caracas, un niño de seis años tiene sexo con un viejo gringo rubio a cambio de tres dólares y en la India un tipo con más barriga que corazón viola a una mujer por no considerarla ser humano. Sé que vivo en un planeta así. Mi desafío es ser una flor de loto: construir una parcela de felicidad en medio de la mierda.

Tímido por naturaleza, un día me asomé a ver la luna. Sentí que el paisaje me superaba. ¿Por qué mis abuelos discutían tanto?, ¿por qué mi mamá llegaba tarde del trabajo y mi abuelo salía temprano a buscar los resultados de la lotería? ¿Qué hacía que millones de personas deliraran por un calvito que sabía patear un balón? Demasiadas dudas para alguien que tan solo tenía un lustro de vida.

 

 

Fue entonces cuando empecé a encontrar significados en las caricaturas que me leía mi mamá. Si Trucutú se subía a su dinosaurio y seguía de largo cuando veía a una pareja de desconocidos discutiendo, quizá yo debía salir del cuarto cuando mis abuelos comenzaran a gritarse.

Mi mamá destacaba una enseñanza de todos los cuentos que me leía. Y nunca salíamos del cine sin que me preguntara qué fue lo que más me gustó y qué aprendí de la película. Cuando ya estuve demasiado grande para esos juegos, seguí leyendo con una insistencia que en algún momento la preocuparía. Supo que había creado un monstruo cuando empecé a hallar en libros y películas contradicciones a cosas que ella y mis profesores daban por hecho.

Ahí entendí que también leía para que otros no me impusieran su mundo: yo quería construir el mío.

Una serie que me gustaba cuando era un niño se llama Boy meets world, que en Latinoamérica la traducían como Aprendiendo a vivir. Los protagonistas viajan desde la infancia hasta la adultez sin que el argumento se agote. El mensaje resulta obvio: quienes estamos vivos seguimos aprendiendo a vivir.

Una forma de absorber la experiencia es a través de la narrativa. En las civilizaciones antiguas, un viejo se reunía alrededor de una fogata junto a los más  jóvenes de la tribu. Su experiencia se condensaba en historias. Hoy día tenemos la literatura, el cine y la música. Absorbemos conocimiento, emociones y dudas no desde la imposición sino mediante relatos. La narrativa nos muestra posibilidades infinitas para que cada uno decida qué pregunta hacerse.

La actriz mexicana Karla Souza desde niña quería ser un fenómeno de la actuación: alguien que realizara performances inexplicables. Un día, ya hecha actriz, quedó muda durante tres meses. Ningún doctor ni ella misma entendían lo qué sucedía: Karla no podía hablar. Se convirtió en un fenómeno médico.

Al darse cuenta de que estaba escenificando el más difícil de sus dramas, buscó dentro de sí. Quiso aferrarse al amor a su familia, su determinación y su fe en Dios. Abrió la alacena de sus recursos para automotivarse y lo que vio la habría dejado muda de no haberlo estado ya: nada.

Encerrada en su silencio, solo logró observar su dolor en las pinturas, películas y obras de arte. Se enfrentó a un poema de Silvia Plath: “Me inclino a ti, entumecido como un fósil, dime que estoy aquí”. Se conectó con los libros de Jack Kerouac y comprendió el sufrimiento de las pinturas de Frida Kahlo. Con su lengua fallando, las emociones lograron expresarse en el lenguaje del arte.

Karla entendió que cosas como la literatura dicen lo que las palabras convencionales son incapaces de explicar. Todavía no sabe adónde fue de vacaciones su voz durante esos tres meses, solo comprende que en ese tiempo aprendió a hablar.

Lejos de vivir traumas semejantes, mi vida ha estado llena de desafíos y algún drama. Si en la adolescencia buscaba mensajes superficiales en la literatura y el cine, empecé a hacerme hombre cuando distinguí lo que los libros susurraban a mi inconsciente.

Podría mencionar una lista de títulos. Ante cada nuevo desafío, me convierto en un caballero de la edad media que empuña un libro. Nada ni nadie me ha dado lo mismo que la literatura. Tener un hombro sobre el que llorar es a veces menos útil que una página que comprenda tus lágrimas.

 

 

Podría mencionar una lista de títulos, decía, pero empezaré con uno que me dio impulso hace un par de años. Llegué a Cosas que los nietos deberían saber habiendo escuchado poco la música del autor, Mark Oliver Everett. La cantidad de reseñas positivas que leí me sedujeron. Nunca un “abuelo” sin nietos –ni hijos– había tenido tanta publicidad.

Me bastaron 20 páginas para comprender que los libros pueden trascender a los autores. Lejos de querer conocer a Mark, entendí que su obra tenía mucho más para decirme que cualquier consejo que él u otra persona pudiera darme.

Cosas que los nietos deberían saber es uno de los libros que más veces he releído.

Desde niño me consideré un bicho raro. En el colegio era el gordito alto al que le buscaban pleito y respondía preguntándole al agresor si podían ser amigos. En las fiestas familiares me iba a una esquina a leer mientras mis primos movían sus cinturas al ritmo del merengue. Me llevaría tiempo comprender que todos somos raros y que no hay nada más destructivo que pretender ser normal. Leyendo a Mark me identifiqué con lo solo que se llegó a sentir: ser comprendido es un privilegio tan alto que la mayoría ni siquiera alcanza a comprenderse a sí mismo.

Por esos días también me aferraba a decisiones contraculturales que me asilaban hasta del apoyo de las personas que me querían. Leer Cosas… fue instalar una idea en mi inconsciente: si él pudo, ¿por qué yo no?

Liado además en relaciones sentimentales infructuosas, asumí que no tenía sentido ligarme con alguien que no pudiera comunicarse conmigo en ese espacio en el que las palabras convencionales no son suficientes. Hay mujeres que no conciben tener un novio que no use celular. Yo no podría compartir mi vida con una chica que no sepa expresarse a través del arte.

¿Así se sentiría estar drogado? Si yo era capaz de alucinar de esa forma, de moverme entre una paleta de colores emocionales tan intensa, entendía entonces por qué algunos no podían vivir sin estupefacciones. Lamenté que no todos aprendieran desde niños a valorar los libros.

La ciudad y los perros, Cien años de soledad, Instrumental, Todas las batallas perdidas, La huella del bisonte, Liubliana, La eterna parranda, Retratos y encuentros, Los culpables, La fiesta del chivo, Pistorius. La sombra de la verdad, Terapia para el emperador, La guerra del fin del mundo… los libros son espejos con la doble propiedad de enfocar hacia dentro de mí y hacia el exterior. No leo para evadir la realidad, leo porque necesito saber dónde estoy.

Aunque a veces duela.

Distanciado de poses intelectuales, lo más importante para mí antes que pensar es sentir. A riesgo de parecer cursi, diría que soy de los que antes de leer con la cabeza –que también– leen con el corazón.

David Foster Wallace escribió que “la función de la literatura es darle calma a los perturbados y perturbar a los que están en calma”. Cuando hice como Fito y me fui de casa para tocar rock and roll, sabía que siempre podría encontrar un brazo dispuesto a ayudarme. Pero mi mayor fortaleza iba en mi bolso: mis libros. Un tiempo más tarde noté mi error: el papel, como las personas, también se extravía, se ensucia, se rompe y desaparece. No son los libros en físico –o digital– lo importante, sino lo que ellos dejan en mí. Eso es una de las pocas cosas que nadie me puede quitar. Entonces recordé a una de esas autoras cuya obra la trasciende. Leila Guerriero escribió: “El arte es más grande que la vida, y la incomodidad que producen sus preguntas hace que uno sepa que ha entendido cosas que no podría explicarle (a) nadie”. Suscribo.