Un nuevo lugar - Seis Grados - Experiencias que nos conectan
Un nuevo lugar

Un nuevo lugar

Por Gabriela Blanco

Con un gran cúmulo de sentimientos encontrados comenzó aquella nueva etapa en su vida; muchas expectativas, ansias, miedo (o incertidumbre), rabia. Eran tantas emociones juntas que simplemente decidió no pensarlo mucho y dar el primer paso, ese primer paso tan insignificante pero a la vez importante, estaba segura la llevaría a una etapa distinta a la cual vivía.

Fue allí donde irónicamente después de tantos sentimientos revueltos y encontrados, halló lo que tanto había estado buscando: su hogar, su paz, su refugio y su calma, encontró su gran amor.

Eran las 5:00 p.m y debía apresurarse, todo empezaba media hora después de ver la hora en su reloj, aquel que nunca quitaba de su mano derecha porque no le gustaba usarlo de la manera tradicional. Siempre rompía las reglas, hacía las cosas de forma no convencional. Tomó su mochila, sus llaves y su celular; recogió su cabello, y se fue a esperar el tren que la llevaría al nuevo lugar.

Al caminar por la calle, sólo pensaba si era lo correcto, si aquel lugar realmente valía la pena. El sonido de los rieles al frenar el tren no la dejó pensar mucho más y tuvo que correr para poder llegar. Cansada caminó entre un mar de gente, era justo la hora de mayor tráfico en la ciudad, un semáforo en la esquina la obligó a detenerse por unos segundos, y se volvió a preguntar: ¿Realmente valdrá la pena empezar?

 

 

Llegó a aquel lugar que no conocía a las 5:25 p.m, buscando entre letreros y flechas. Subió las escaleras hasta el tercer piso. Entró al aula que le correspondía. Era un salón amplio y con luz brillante, lleno de personas de todas las edades que no paraban de hablar, ninguna conocida. Volvió a mirar su reloj, eran las 5:30 p.m. La clase aún no empezaba, no quería hablar con nadie, así que simplemente se sentó en primera fila y sin titubear tomó su celular, se colocó los audífonos y empezó a buscar una canción que la hiciera sentir cómoda.

Aquello se hizo rutina: llegar, subir las escaleras, tercer piso, aula 123, sentarse de primera y colocarse los audífonos hasta que iniciara la clase. Pasaron algunas semanas y entonces una noche, uno de sus compañeros –el que le parecía más odioso y altanero– se le acercó para invitarla a salir. Fue en ese momento cuando levantó la mirada que todo cobró sentido, no pudo evitar enamorarse de aquellos ojos color miel, y pensó: valió la pena empezar en aquel nuevo lugar.