El equipo de natación

Título original: The swim team

Autora: Miranda July (EEUU)

 

Esta es la historia que nunca quise contarte cuando era tu novia. Tú preguntabas y preguntabas, y tus hipótesis eran tan espeluznantes y tan concretas. ¿Era yo una mantenida allá? ¿Era Belvedere igual que Nevada, donde la prostitución es legal?

¿Estuve yo desnuda durante todo el año? La realidad empezó a mostrarse estéril. Y con el tiempo me di cuenta de que si la verdad se sentía tan vacía, entonces probablemente no iba a seguir siendo tu novia por mucho más tiempo.

Nunca quise vivir en Belvedere, pero tampoco hubiese soportado el hecho de pedirles dinero a mis padres para mudarme. Cada mañana despertaba asqueada de recordar que vivía sola en este pueblo que no era ni siquiera un pueblo, por lo pequeño. Eran solo casas cercanas a una gasolinera, una tienda a una milla de distancia y ya. No tenía carro, no tenía teléfono, tenía veintidós años y le escribía a mis padres cada semana para contarles historias acerca de mi trabajo en un programa llamado L.E.E.R. Quienes trabajábamos allí les leíamos a jóvenes en situación de riesgo. Era un programa piloto financiado por el estado. Nunca terminé de decidir lo que las siglas L.E.E.R. representaban, pero lo que sí escribí siempre fue “programa piloto”, me sorprendía mi habilidad para lanzar estas frases. “Intervención temprana” era buena también.

 

 

Esta historia no va a ser muy larga, porque lo sorprendente acerca de ese año es que no pasó casi nada. Los ciudadanos de Belvedere creían que mi nombre era María. Nunca dije que me llamase María, pero por alguna razón se corrió la voz, y la tarea de decirles mi verdadero nombre a esas tres personas me abrumaba. Esas tres personas se llamaban Elizabeth, Kelda y Jack Jack. No sé por qué Jack dos veces, y no estoy completamente segura acerca del nombre Kelda, pero así es como sonaba, y por lo tanto, ese era el sonido que yo hacía cuando la llamaba. Conocí a estas personas porque les di clases de natación. Y este es el centro de mi historia porque, como es sabido, no hay ni piscinas ni ningún tipo de masa de agua cercana a Belvedere. Un día, en la tienda, ellos hablaban acerca de esto, y Jack Jack, que ya debe estar muerto porque era realmente viejo, dijo que no importaba porque ni él ni Kelda sabían nadar, así que, de haber agua cerca, era probable que se ahogaran. Elizabeth era prima de Kelda, creo. Y Kelda era la esposa de Jack Jack. Todos estaban en sus ochentas al menos. Elizabeth dijo que ella nadó muchas veces cuando era niña durante el verano en que visitó a una prima (no a la prima Kelda, por supuesto). La única razón por la que me sumé a la conversación fue porque Elizabeth afirmó que uno tenía que respirar bajo el agua para poder nadar.

Eso no es verdad, grité. Estas fueron las primeras palabras que había dicho en voz alta desde hacía semanas. Mi corazón latía como si estuviese invitando a salir a alguien. Solo hay que contener la respiración.

Elizabeth se mostró furiosa y luego dijo que estaba bromeando. Kelda dijo que a ella le daría mucho miedo contener la respiración porque un tío suyo murió de eso en un concurso de Contén-La-Respiración.

Jack Jack preguntó si ella de verdad creía eso, y Kelda dijo, sí, claro que sí, y Jack Jack dijo tu tío murió de un infarto, no sé de dónde sacas esas historias, Kelda. Estuvimos un rato en silencio. Yo disfrutaba de la compañía y esperaba que continuase, y así fue, porque luego Jack Jack dijo: Entonces tú has nadado.

Les conté que había estado en un equipo de natación en la secundaria, y que incluso competí a nivel estatal, pero fui eliminada en las primeras rondas por el equipo de Bishop O’Dowd, una escuela católica. Ellos parecían en verdad interesados en mi historia. Yo nunca había pensado en eso como tal cosa, pero en ese momento podía ver que en verdad era una gran historia, llena de drama, y de cloro, y de otras cosas de las que Elizabeth, Kelda y Jack Jack no tenían conocimiento directo. Fue Kelda quien dijo que deseaba que hubiese una piscina en Belvedere, porque tenían mucha suerte de tener a una profesora de natación en el pueblo. Yo nunca dije que fuese una profesora de natación, pero entendí a lo que se refería. Era una lástima.

Entonces algo extraño ocurrió. Mientras miraba mis zapatos pisando el suelo de linóleo y pensaba en cuán segura estaba de que nadie lo había lavado en un millón de años, de repente tuve la sensación de que iba a morir. Pero en vez de morirme, dije: Yo puedo enseñarlos a nadar. Y no necesitamos piscina.

Nos reuníamos dos veces a la semana en mi apartamento. Cuando ellos llegaban encontraban tres recipientes de agua tibia alineados en el piso, y frente a ellos un cuarto recipiente, el de la profesora. Le añadía sal al agua porque se supone que es saludable inhalar agua salada y tibia, y me imaginé que ellos la inhalarían accidentalmente. Les enseñé cómo sumergir su nariz y boca en el agua y cómo respirar hacia los lados. Luego le añadimos a eso las piernas, y luego los brazos. Admití que estas no eran las mejores condiciones para aprender a nadar, pero, les dije, así es como los nadadores olímpicos entrenan cuando no hay una piscina cerca. Sí, sí, sí, es mentira, pero una mentira que necesitábamos, éramos cuatro personas acostadas en el piso de la cocina, pateando como si estuviésemos rabiosos, furiosos, decepcionados o frustrados, y sin miedo de hacerlo.

La conexión con la natación debía ser forzada por medio de las palabras. Le tomó varias semanas a Kelda aprender a sumergir su rostro en el agua. No hay problema, ¡No hay problema!, dije yo. Empezaremos con un flotador. Le pasé un libro. Es perfectamente normal resistirse al recipiente, Kelda. Es el cuerpo que te está diciendo que no quiere morir. No, no quiere, dijo ella.

Les enseñé todas las brazadas que sabía. El estilo mariposa era increíble, algo nunca visto. Pensé que el piso de la cocina iba a ceder hasta convertirse en líquido y así se irían, con Jack Jack a la delantera. Era un alumno precoz. Realmente se movía por el suelo, con el recipiente y todo. Se acercaba a la cocina golpeteando desde el dormitorio, cubierto de polvo y sudor, y Kelda lo admiraba, mientras sostenía su libro con ambas manos y sonreía. Nada hacia mí, decía él, pero ella se asustaba, y además, se requiere un montón de fuerza en la parte superior del cuerpo para nadar en terreno sólido.

Yo era el tipo de entrenadora que se para a un lado de la piscina en vez de meterse en ella, pero igual estaba ocupada todo el tiempo. Si puedo decir esto sin sonar poco modesta, yo estaba en lugar del agua. Yo hacía que todo fluyera. Hablaba constantemente, como un instructor de aerobics, y sonaba el silbato en intervalos exactos, delimitando los extremos de la piscina. Ellos daban la voltereta al unísono y empezaban a ir en la otra dirección. Cuando a Elizabeth se le olvidaba usar sus brazos, yo decía: ¡Elizabeth! ¡Tus pies están arriba, pero tu cabeza se está hundiendo! Y ella daba brazadas frenéticamente hasta nivelarse.

Con mi meticuloso método de entrenamiento, todos los clavados arrancaban desde mi escritorio, con postura perfecta, y terminaban con una zambullida de frente en la cama. Pero eso era sólo por seguridad. No dejaba de ser buceo, no dejaba de tratarse de desprenderse del orgullo mamífero y entregarse a la gravedad. Elizabeth añadió la regla de que todos debíamos hacer algún sonido cuando nos lanzáramos. Eso era un poco creativo para mi gusto, pero estaba abierta a las innovaciones. Quería ser la clase de profesora que aprende de sus estudiantes. Kelda emitía el sonido de un árbol cayendo, si ese árbol fuese de sexo femenino. Elizabeth solía hacer “ruidos espontáneos” que siempre sonaban igual, y Jack Jack decía ¡Booombaaa! Al final de la clase nos secábamos y Jack Jack me daba la mano mientras Kelda o Elizabeth me dejaban algo de comer, algo como una cazuela o espagueti. Era un intercambio, y me resultaba tanto que no tuve la necesidad de buscar otro trabajo.

Eran solamente dos horas a la semana, pero el resto de las horas giraban alrededor de esas dos. Los martes y jueves en la mañana, me despertaba y pensaba: clase de natación. Las otras mañanas, me despertaba y pensaba: hoy no hay clase de natación. Cuando veía a alguno de mis alumnos en el pueblo, es decir, en la gasolinera o en la tienda, solía decirle algo como: ¿Has estado practicando en tu inmersión? Y ellos respondían: ¡Estoy trabajando en eso, profesora!

Sé que es difícil para ti imaginarme como una “profesora.” Yo tenía una identidad muy distinta en Belvedere, es por eso que me resulta tan complicado hablar cerca de eso contigo. Nunca tuve ningún novio allá; no hacía arte; no era para nada artística. Era algo así como una atleta. Era totalmente una atleta –era la entrenadora de un equipo de natación. Si hubiese pensado que esto te iba a interesar te lo habría contado antes, y tal vez aún estaríamos juntos. Han pasado tres horas desde que te vi en la librería junto a la mujer del abrigo blanco. Qué abrigo blanco tan hermoso. Obviamente eres muy feliz y pleno, a pesar de que terminamos hace apenas dos semanas.

Yo ni siquiera estaba segura de que habíamos terminado hasta que te vi con ella. Ahora te siento increíblemente distante de mí, como alguien en el otro extremo de un lago. Un punto tan pequeño que no es ni hombre ni mujer, ni joven ni viejo; que solo sonríe. ¿Y a quiénes extraño en esta noche? A Elizabeth, Kelda y Jack Jack. Ellos están muertos, de eso estoy segura. Qué tristeza. Debo ser la profesora de natación más triste de toda la historia.

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